Del savant a la inteligencia cultivada

Del savant a la inteligencia cultivada…


“Solo sé que no sé nada”… Sócrates


El síndrome del savant es un fenómeno médico, neurológico. La “inteligencia judía”, si así la vamos a llamar, es un fenómeno histórico. Se basa en una cultura del aprendizaje, el debate y la memoria colectiva.


Moisés y Jesús, dos judíos bíblicos, definieron el rumbo de la humanidad, en especial de la civilización occidental y, por extensión, del mundo entero. Fueron producto de una tradición de transmisión de conocimiento y reflexión ética que ya existía.


Según la Biblia, Moisés recibió una educación “egipcia”, desde donde pudo valorar la libertad, algo difícil de percibir para un pueblo oprimido. Más tarde, ya en el desierto, incorporó la memoria ética de los antiguos israelitas a través del recuerdo de los patriarcas, de sus decisiones y valores. Regresó a Egipto para organizarlos, enseñarles y guiarlos hacia su propia libertad. Estableció (¿o recibió?) 613 leyes, que incluyen los Diez Mandamientos y el monoteísmo como obligación colectiva. Fueron de las primeras normas morales y sociales sistematizadas de la historia. Para los “no tan creyentes” (donde me incluyo), la Torá, parte central de la Biblia hebrea y tradicionalmente atribuida a Moisés, fue redactada y compilada durante el exilio babilónico para preservar la identidad del pueblo israelita.


Jesús fue un judío del siglo I, formado en la Torá, en sinagogas que ya existían como centros de estudio y discusión. Reinterpretó la ley, priorizó el amor a Dios, al prójimo y el perdón, y dirigió su mensaje más allá del pueblo de Israel. Sus enseñanzas dieron origen al cristianismo, la religión con más seguidores de la historia, que ha moldeado la cultura occidental durante más de dos mil años.


Moisés y Jesús, quién podría dudarlo, poseían una inteligencia profundamente cultivada, basada en el estudio y la reflexión. En el año 70 de esta era, Tito, hijo del emperador Vespasiano, al mando de las legiones romanas, destruyó el Templo de Jerusalén, dando inicio a la diáspora judía definitiva. Hacia el año 90 d. C., apareció el Evangelio según Mateo, que incluía un pasaje que sería usado para acusar a los judíos de deicidio. Así nació el antisemitismo teológico que, sumado al exilio y a las persecuciones, reforzó la educación, la memoria colectiva, la solidaridad y la capacidad de adaptación, una forma de “selección” no biológica, sino cultural, para la supervivencia.


Desde la antigüedad, los judíos se dedicaron al estudio de la Torá como parte de su vida religiosa. El resultado de su lectura e interpretación quedó recopilado en el Talmud. El debate constante de ambos textos sagrados, desde la infancia, formó mentes analíticas y críticas. La educación fue siempre comunitaria, todos los niños aprendían a leer, a contar y a discutir textos complejos.


Vivir en el exilio, entre otras culturas, los llevó a ver lo que otros no veían y a adaptarse sin perder su identidad. La persecución les impidió poseer tierras o integrarse en muchos gremios, por lo que se dedicaron a profesiones que requerían educación. La supervivencia comenzó a depender más de “la cabeza” que del trabajo físico.


“No llorar, no reír, sino comprender”… Baruch Spinoza


Para los judíos, estudiar es un mandamiento. La Torá y el Talmud no se memorizan, se discuten y se interpretan. La curiosidad se premia. Preguntar no es una falta de fe, sino un compromiso intelectual.


Baruch Spinoza llevó esos principios al extremo. En Ámsterdam, en 1648, a los 15 años, dominaba la Torá y el Talmud; hablaba hebreo, latín, portugués, español y neerlandés. Tenía una formación avanzada en matemáticas y lógica aristotélica. El producto de ese aprendizaje fue pensar con libertad.


Se rebeló contra la autoridad rabínica y rechazó la idea de un Dios que premia y castiga. Consideró la Biblia un texto humano, histórico. Para él, la verdadera religión debía basarse en la razón y en la comprensión de la Naturaleza, no en supersticiones ni dogmas. “Dios no gobierna el mundo, el mundo es Dios”…


En 1656, a los 23 años, fue excomulgado por la comunidad judía de Ámsterdam. Lo condenaron a una muerte social total, pero lo liberaron para pensar sin límites.


Fue pionero en desarrollar una filosofía independiente de la religión y abrió paso a la separación entre Iglesia y Estado. Convirtió la libertad de pensamiento en un principio político central. “En un Estado libre, es lícito a cada cual pensar lo que quiera y decir lo que piensa”. “La religión debe ser privada”. “El Estado debe garantizar la paz y la seguridad, no la fe”.


Spinoza fue un campeón del racionalismo y dotó al pensamiento de una autonomía crítica, liberándolo de la influencia religiosa. Fue frágil desde joven y murió de tuberculosis a los 44 años. Aunque el autismo se describió siglos después, nunca se le consideró “poseído por el demonio ”, así que autista no era.


El cerebro de Albert Einstein


¿Se cayó de una bicicleta y luego formuló la teoría de la relatividad? Le hicieron una autopsia para averiguarlo.


Einstein nació en Alemania en 1879. En 1933, siendo profesor visitante en Estados Unidos, decidió no regresar al enterarse de que los nazis habían saqueado su casa y quemado sus libros. Murió en Princeton en 1955, a los 76 años, por un aneurisma disecante de la aorta abdominal. Había pedido ser cremado, pero no dejó instrucciones sobre su cerebro. El patólogo Thomas Harvey practicó una autopsia sin consentimiento familiar y guardó el cerebro; por eso, lo botaron del hospital.


Harvey tomó decenas de fotos y dividió el cerebro en 240 bloques de tejido, que con los años fue repartiendo entre investigadores de su confianza. El cerebro resultó anatómicamente sano e, irónicamente, más pequeño que el promedio. Avanzados los años noventa, gracias a las fotografías, se descubrió que sus lóbulos parietales eran un 15 % más grandes de lo normal. Biopsias posteriores confirmaron una mayor densidad neuronal y un cuerpo calloso más grueso (el que comunica ambos hemisferios), lo que sugiere un procesamiento más eficiente de la información. Y me pregunto: ¿nació así o se hizo así? Tardó en comenzar a hablar de niño, ¿por haber priorizado la imaginación?


Einstein aprendió violín desde los seis años. En su corteza cerebral frontal derecha tenía un pliegue típico de músicos de instrumentos de cuerdas. Cuando se “trancaba” con un problema de física, tocaba hasta que aparecía la solución. El violín era un instrumento clásico en los hogares judíos de Europa, presente en celebraciones y, muchas veces, convertido en oficio.


¿Su inteligencia fue genética? Tal vez algunas anomalías cerebrales lo fueran. Pero sin décadas de obsesión con la física, muchas áreas del cerebro no se habrían desarrollado igual. Creció en una familia judía que valoraba la educación y el pensamiento crítico. Fue un judío laico y, aunque no practicaba la religión tradicional, se sentía orgulloso de su herencia cultural.


Ah, era un profundo admirador de Spinoza. Compartía su idea de que “Dios no es un ser personal, sino el orden racional y armonioso del universo”.


Al ingresar a Estados Unidos, cuando le preguntaron en la planilla de inmigración por su raza, respondió, “humana, humana”…


“La mayor parte del mal en el mundo es cometido por personas que nunca se decidieron a pensar”… Hannah Arendt


Hannah Arendt, uno de los mayores símbolos de resistencia intelectual al totalitarismo, nació en Alemania en 1906. Como judía, se exilió en 1933 con la llegada del nazismo. Alma libre y rebelde, ¿contradictoria?, basó parte de su teoría política en San Agustín y, a los 18 años, se enamoró de Martin Heidegger, su profesor, filósofo destacado y orgulloso militante nazi.


Arendt analizó el antisemitismo moderno no solo como odio religioso, sino como fenómeno político. Los judíos habían pasado de vecinos a “problema” y luego a “expedientes”. A pesar de su romance con el nazi y de su estudio del santo católico, mantuvo fielmente su identidad judía. Defendió el pensamiento crítico y la responsabilidad individual como antídotos contra la opresión. “Pensar no es un privilegio de unos pocos, sino una obligación de todos”...


Criticó a algunos líderes judíos por su pasividad durante el Holocausto. Su teoría sobre la “banalidad del mal” resultó inquietante al sostener que el genocidio nazi no fue obra de monstruos, sino de personas corrientes que dejaron de pensar, obedeciendo órdenes sin juicio moral.


Aportó a la humanidad la idea de que pensar es una responsabilidad moral y política, y la mejor defensa contra el totalitarismo. Murió a los 69 años, en Nueva York, en 1975. Por cierto, nunca tuvo ninguna lesión cerebral…


“No se nace más inteligente, se nace en una cultura que te enseña a pensar”… no sé quién lo dijo.


No existe una “inteligencia judía” en sentido biológico. Algunos podrán atribuir el talento de nuestros personajes bíblicos a una “obra divina” o a un “mandato celestial”; aun así, se les reconoce como figuras formadas en una tradición de aprendizaje, memoria y reflexión ética. La inteligencia de Spinoza, Einstein y Arendt no fue heredada genéticamente, fue cultivada en una cultura que promueve la educación, la curiosidad y la libertad para el pensamiento crítico.


Sin duda, estos cinco judíos se cuentan entre las personas más influyentes de la humanidad.


Desde la ley, Moisés moldeó la responsabilidad moral colectiva; desde la ética, Jesús la llevó a la conciencia individual. Spinoza liberó la razón, Einstein explicó el orden del universo y Hannah Arendt nos enseñó que pensar puede salvarnos de la barbarie.


Y me pregunto, ¿fui lo suficientemente claro?


Alberto Salinas,

Escritor y cirujano en libre retiro


Miami, 22 de diciembre de 2025

Último día de la celebración de Janucá que conmemora la rebelión de los Macabeos, que dio a Judea un siglo de independencia a partir del 160 a. C.


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