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Dos fotos, dos reyes …

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   Dos fotos, dos reyes… Sancho I “el Craso”,  por su exagerada gordura.  No es un un cuadro histórico verdadero, porque no existen imágenes reales de Sancho. Se trata de una recreación digital generada por la inteligencia artificial, inspirada en retratos de reyes europeos de los siglos XVI al XVIII.  Es una imagen de medio cuerpo que ocupa mucho espacio, una figura que no parece poder “moverse” dentro del encuadre. El rostro es redondeado, lleva solo un bigote espeso, que resalta el resto de la cara. Los ojos son relativamente pequeños, las mejillas abultadas, la piel lisa y enrojecida ¿por calor? ¿por exceso?. La mano, con sus dedos gordos, luce irreverente, no hace nada, solo le sirve para comer. Viste ropas gruesas de terciopelo y telas acolchadas, en colores neutros y dorados apagados para demostrar opulencia, y que, además, lo hacen parecer aún más “craso”, más voluminoso. Lleva sobre el pecho una banda con medallones y piedras oscuras que luce “pesada” y...

Sancho I “el Craso”

  La obesidad como problema de Estado, Sancho I “el Craso”, un rey demasiado pesado para gobernar… La obesidad hoy día es una epidemia mundial vinculada con las principales causas de mortalidad como la diabetes, enfermedades cardiovasculares y cáncer entre otras. En EE.UU. alrededor del 40 % de los adultos la sufren en mayor o menor grado lo que obliga a políticas públicas de prevención y atención médica. Un problema para la gente, un problema de Estado. En la península ibérica, en el siglo X, concretamente en el año 956 de nuestra era, un príncipe llamado Sancho accedió al trono del Reino de León. Era conocido como Sancho I “el Craso” (grueso), porque era muy gordo. En aquel entonces, la obesidad constituyó también una cuestión de Estado, pero no por afectar a la gente (en su mayoría “subnutridos”), no, no, ¡sino por afectarlo a él!  Su condición dificultaba su capacidad para gobernar. Desde mi óptica, como cirujano bariátrico que fui … Algo de historia,  y con imaginaci...

La inteligencia según Estocolmo

  La inteligencia según Estocolmo A raíz del repunte del antisemitismo a partir del 7 de octubre del 2023, han circulado en las redes algunos textos que apelan a la sobrerrepresentación judía en los Nobel como prueba de su talento y contribución a la humanidad. Como si los galardones fueran un test de coeficiente intelectual colectivo o, quién sabe, una prueba genética. Ahora pasan de ser un premio académico a una medalla olímpica de la inteligencia étnica. Aunque es tentador usar los Nobel en defensa de los judíos, también puede ser un arma de doble filo. Hasta el 2025 se han entregado cerca de mil premios individuales de los cuales el 22,5 % han sido para judíos, que representan apenas el 0,2 % de la población mundial, o sea, más de cien veces su peso demográfico. Los asiáticos que constituyen cerca del 60 % de la población mundial, han recibido el 8,5 % de los premios (la mitad son japoneses), muy por debajo de su representación poblacional. Un transistor vale más que mil papers...

Del savant a la inteligencia cultivada

Del savant a la inteligencia cultivada… “Solo sé que no sé nada”… Sócrates El síndrome del savant es un fenómeno médico, neurológico. La “inteligencia judía”, si así la vamos a llamar, es un fenómeno histórico. Se basa en una cultura del aprendizaje, el debate y la memoria colectiva. Moisés y Jesús, dos judíos bíblicos, definieron el rumbo de la humanidad, en especial de la civilización occidental y, por extensión, del mundo entero. Fueron producto de una tradición de transmisión de conocimiento y reflexión ética que ya existía. Según la Biblia, Moisés recibió una educación “egipcia”, desde donde pudo valorar la libertad, algo difícil de percibir para un pueblo oprimido. Más tarde, ya en el desierto, incorporó la memoria ética de los antiguos israelitas a través del recuerdo de los patriarcas, de sus decisiones y valores. Regresó a Egipto para organizarlos, enseñarles y guiarlos hacia su propia libertad. Estableció (¿o recibió?) 613 leyes, que incluyen los Diez Mandamientos y el monote...