La guerra de los pequeños triunfos

 La guerra de los pequeños triunfos

La revancha de los setenta

(Minicrónica mayamera)


El fenómeno del bullying es un clásico de la adolescencia. Pero la agresividad no desaparece con la edad; simplemente se vuelve más sutil, más elegante. En el colegio el bully era vertical, había dominantes y dominados, y un miedo visible a los bullies “malos”, que afortunadamente eran muy pocos.


En la vejez la cosa es más horizontal, porque, a fin de cuentas, todos hemos vivido, ganado y perdido algo.


Es sabido que somos un pequeño grupo de septuagenarios, todos compañeros del bachillerato, con múltiples achaques típicos de la edad (no vuelvo a mencionarlos porque ya todo el mundo se los sabe), que nos reunimos en un botiquín para un happy hour de güisqui los miércoles de 5 a 7 (pm, por supuesto). En esas tertulias nadie levanta la voz ni te empuja contra una pared, tampoco hay alguien como aquel que se sentaba en el pupitre detrás de ti en el salón de clase y te intimidaba diciéndote, “te espero a la salida” …


La verdad es que los septuagenarios no intimidamos a nadie. No necesitamos ser populares ni ganar estatus porque ya somos lo que somos y poco va a cambiar. Pero tampoco queremos ser desplazados. Y en esa brega aparece un arma más fina. Está el que pontifica, el que interrumpe, corrige e invalida opiniones, el que cuelga los chistes malos en el chat whisky @5.0, los expertos en la “vida americana”, que conocen el sistema; los que siempre tienen los datos de la “bolsa” y, en menor grado, los que se jactan de sus logros pasados, conquistas y demás.


Pareciera que en la vejez el silencio aísla, y nadie quiere eso. “¿Compraste tal o cual acción?”, “te perdiste la subida”, “¿y Medicare?”, “yo conseguí mejor precio”, “esa vaina no sirve”, “hay otras opciones”. ¿Y los trámites migratorios? Ni los cuento, “me demoró tanto tiempo sacar el green card”, “¿la ciudadanía?, ¿con abogado o por tu cuenta?”. Y del simposio sobre los hábitos urinarios ni se diga.


En mi caso el desplazamiento es evidente. Antes eran ellos quienes me llamaban para resolver problemas importantes y graves, a veces de vida o muerte, ¡literalmente! Hoy soy yo quien llama, pidiendo ayuda para problemas estúpidos y cotidianos. Además, la tecnología me mata, y algunos de ellos todavía son expertos. Como han cambiado los tiempos. 


Y esta pequeña lucha por no volverse invisible a veces se convierte en una forma de bullying de baja intensidad, casi como un deporte. Es una competencia por tener la última palabra, por demostrar quién sabe más, quién da la noticia primero, quién está en mejor forma física, quién tiene mejor memoria y quién “echa los mejores cuentos”; ah, y el que sabe mejor las direcciones que Google Maps. ¿Habrá alguna víctima de la adolescencia convertida ahora en verdugo? Porque el buleado en la adolescencia ahora contesta. ¡Hay que sobrevivir!


El bullyng en la vejez no busca herir. Es una competencia saludable y momentánea, que solo alimenta la conversación. No se trata de “poder” se trata de no desaparecer. En realidad, no somos ni bullies ni víctimas, solo gente que todavía puede aprender.


“La vejez no es un tiempo de espera, es una etapa de la vida que exige una reinvención” … Simone de Beauvoir


¿Será por eso que me reinventé como escribano? ¿Para sobrevivir al bully de los setenta?



Alberto Salinas

Escribano y cirujano en libre retiro

Miami, 7 de marzo del 2026

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