La belleza en hora pico
La belleza en hora pico
“Toda la desgracia de los hombres proviene de una sola cosa: no saber permanecer en reposo en una habitación” … Blaise Pascal
El diario The Washington Post condujo el 12 de enero de 2007 un experimento social. Era una mañana fría de viernes, a las 7:50 a. m., en plena hora pico en Washington, D.C.. Joshua Bell, uno de los violinistas norteamericanos más virtuosos de nuestro tiempo, tenía entonces 37 años y aún era relativamente poco conocido. Comenzó a tocar durante 45 minutos en una estación del metro en el centro de la ciudad.
Interpretó en su violín, valorado en más de tres millones de dólares, un repertorio de piezas clásicas de gran complejidad. La hipótesis del experimento era simple: “En un ambiente banal, en un momento inoportuno, ¿trascendería la belleza?”
Durante ese tiempo pasaron frente a él 1.097 personas. Solo siete se detuvieron a escucharlo. La mayoría de quienes mostraron curiosidad fueron niños, que tardan más en perder su capacidad de asombro y que, aun así, no pudieron disfrutarlo por el apuro de sus madres por tomar el tren. Un solo adulto lo reconoció.
Bell tocaba con el estuche del violín abierto. Recaudó 32 dólares en propinas.
Dos semanas antes había ofrecido un concierto a sala llena en el Boston Symphony Hall. Las entradas costaban entre 150 y 300 dólares.
Si el apuro y la marea humana no nos permiten detenernos ante un evento tan magistral, ¿cuántas otras cosas hermosas nos estaremos perdiendo en el transcurso de nuestras vidas?
¿Mejoramos?
Siete años después, ya convertido en una superestrella, Bell se atrevió a repetir la experiencia. Regresó al metro de Washington. Con varias piezas de Johann Sebastian Bach congregó esta vez a una multitud apretada entre pasillos y escaleras, con adolescentes que incluso “perdían sus clases” para escucharlo. No hubo propinas, solo aplausos a rabiar.
Paul Bloom, psicólogo y profesor en Harvard University, explicó en una clase sobre los orígenes del placer que Bell no tuvo éxito en su primera aparición porque nadie sabía quién era. También contó que la señora que lo reconoció —tras haber asistido a un recital en la biblioteca pública— se conmovió al verlo allí, con jeans y gorra, tocando como un músico callejero. Le dejó veinte dólares adicionales.
Le seguí la pista al violín. Según mi fuente, había sido robado a un oscuro violinista polaco en el Carnegie Hall, durante el intermedio de un concierto en 1936. Apareció en manos de Bell cincuenta años después. Pero eso es otra, y larga, historia.
Recientemente me enteré de que aquel músico era en realidad el genial Bronisław Huberman, quien entonces dirigía su incipiente orquesta, la que más tarde se convertiría en la Orquesta Filarmónica de Israel.
Este sábado pasado tuve la oportunidad de asistir a un concierto de Joshua Bell en el Adrienne Arsht Center for the Performing Arts of Miami. Fue su única presentación en la ciudad.
No sé si el violín que tocó fue su célebre ex-Huberman Stradivarius, pero estuvo fantástico.
Sorprendentemente, la sala estaba solo parcialmente llena, quizá alrededor de un 75 %. Mientras miraba las butacas vacías, no pude evitar recordar aquel experimento de The Washington Post en el metro de Washington, D.C., cuyo reportaje, “Pearls Before Breakfast”, escrito por Gene Weingarten, ganó el Pulitzer Prize de ese año.
Alberto Salinas
Escritor y Cirujano en libre retiro
Miami, 15 de marzo del 2026
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