En la intimidad de la noche, la nocturia…

En la intimidad de la noche, la nocturia… (Minicrónica mayamera) 

Lo que sigue forma parte de la pequeña saga mayamera de mi grupo de amigos, todos septuagenarios, no solo con abultados abdómenes, sino también con los achaques típicamente asociados con la edad, como la diabetes, hipertensión, apnea del sueño, desgastes osteoarticulares, etcétera. Me ha tocado narrar eventos concretos, algunos extraordinarios, ocurridos dentro de esta “párvula” comunidad, así que asumo con responsabilidad el reto de continuar…

Últimamente las actividades se han concentrado en las reuniones semanales de los miércoles, en el botiquín de costumbre, siguiendo el riguroso horario del “happy hour”, de 5 a 7 (pm, por supuesto).

Recientemente manifesté mi preocupación por el estado cognitivo del grupo, que resultó ser infundada, a pesar del insomnio predominante, del supuesto delirio por la creencia de algunos en los milagros, maldiciones y el “mal de ojo” y, sobre todo, por la posibilidad (muy real) de terminar raspando boletos de lotería, semana tras semana, alrededor de una mesa redonda del botiquín.

En el transcurso de estos tiempos, en nuestras reuniones hemos tenido todo tipo de conversaciones y discusiones. Hace poco llegué a una conclusión evidente, a los setenta, hablar de política divide, pero hablar de “orina” une. Y he aquí que cuando un grupo de septuagenarios habla de sus hábitos urinarios, no es una conversación, es un simposio clínico. No intercambiamos intimidades, intercambiamos estadísticas, frecuencias, horarios y técnicas frente al retrete.

En una de nuestras últimas reuniones lo confesaron. Éramos diez los presentes y, en una rápida encuesta, todos reconocieron, sin vergüenza alguna, interrumpir el sueño nocturno para ir al baño a orinar, ¡ojo!, siempre con chorros débiles, salvo uno que dijo que podía dormir ocho horas seguidas. Ante nuestro asombro, clamó que su vejiga “sobredistendida” y su próstata eran la envidia del grupo. Del resto, uno iba tres veces, tres un par de veces y los demás solo una, aunque estos últimos reclamaban respeto por ello. En cuanto a la técnica, la mitad lo hacía de pie y la otra mitad sentado. Ah, hubo uno en particular que se levantaba y caminaba a tientas, con los ojos cerrados para no espabilarse, se sentaba para no tener que apuntar y así no orinar por fuera del inodoro. 


El cuerpo no cree en milagros y la edad impone su agenda. La próstata es parte de ella. La hiperplasia prostática benigna después de los setenta años no es una posibilidad, es la norma. Esta glándula, del tamaño y la forma de una nuez, de consistencia firme pero elástica, está situada justo por debajo de la vejiga. Rodea la primera parte de la uretra, por donde sale la orina, y se ubica delante del recto, lo que la hace accesible al siempre desagradable tacto rectal. Secreta un líquido que, al momento de la eyaculación, cae directamente en la uretra para mezclarse con los espermatozoides provenientes de los testículos y producir el semen con fines reproductivos. Con los años, la fabricación de testosterona disminuye y con ella su efecto antiinflamatorio protector. La próstata se agranda, estrecha la uretra y aparecen los clásicos síntomas de la edad… esos que ya conocemos con demasiado detalle.

Como era de esperarse, la conversación escaló rápidamente hacia los avances de los tratamientos, con chismes incluidos, ¿quién se hizo qué?, ¿con quién?, ¿dónde?, ¿quedó perfecto? Se mencionaron las pastillas milagrosas, aunque no las naturales, sino las que relajan las vías urinarias y facilitan la micción. También hablamos de los nuevos enfoques mínimamente invasivos, como la arteriografía selectiva para bloquear las arterias de la próstata con el propósito de que se atrofie. Y, por supuesto, la que nunca falla, destapar la cañería directamente a través de una cistoscopia, técnica conocida como RTU o resección transuretral de la próstata. Que, por cierto, algunos del grupo ya pasaron por ahí…

Como médico retirado me permito filosofar con humor sobre los efectos inexorables de la edad sobre el sistema urinario masculino, pero hay un tema serio, el cáncer de la próstata, que afortunadamente, ninguno de nosotros ha padecido. 

En algún momento de la vida, sobre todo después de los 50 años, en uno de cada ocho varones, uno o varios genes deciden que una célula prostática, en lugar de dividirse en dos iguales, se multiplique de forma desordenada, produciendo muchas células desiguales. Estas se acumulan hasta formar un tumor que crece y libera células al torrente sanguíneo o a la linfa, capaces de sembrarse en órganos distantes. El riesgo aumenta con la edad y con la existencia de antecedentes familiares cercanos. Cuando aparece, produce síntomas muy similares a los de la hiperplasia prostática benigna.

El antígeno prostático específico, conocido como PSA, es una proteína producida casi exclusivamente por las células prostáticas, tanto normales como tumorales. Estas últimas lo hacen en mayor cantidad, no solo porque son más numerosas, sino porque también al destruir la arquitectura celular facilitan su liberación al torrente sanguíneo. Y aquí no hay numerología que valga, en una simple prueba de sangre, que debe hacerse anualmente, un PSA elevado es una señal de alerta que obliga a descartar un cáncer de próstata. Lo que sigue es el “indigno” tacto rectal para intentar palpar anormalidades, un ultrasonido o una resonancia y, eventualmente, una biopsia a través del recto o del periné.

El tratamiento del cáncer de próstata incluye la cirugía radical, la radioterapia, la quimioterapia, la crioterapia y el tratamiento hormonal. Algunas curan, todas ayudan, y cada una tiene sus indicaciones precisas según el caso. Por eso, la decisión de qué camino seguir debe ser compartida. Y, con la autoridad que me da el haber ejercido la cirugía por casi 50 años, puedo decir que el paciente podrá escoger, pero ¡el médico está obligado a recomendar, y con claridad! El enfermo casi siempre se inclina por el tratamiento más fácil. Evaluar las consecuencias es lo que se espera del cirujano, que en estos casos es un urólogo.

La buena noticia para nosotros es que, a los 75 años, muchos tipos de cáncer de próstata son lentos e indolentes. Como leí por ahí, “la biología suele ser más amable que el bisturí”. Y, si aparece después de los 80, es más factible morir de cualquier otra cosa, “con el cáncer y no por el cáncer”.   

Así que, a nuestra edad se abre un abanico de tratamientos. Escoger un cirujano con quien decidir “acompañado y no abandonado” es clave. Yo, particularmente, preferiría uno maduro, entre 40 y 60 años, que combine la audacia y la pericia de los más jóvenes con la experiencia acumulada. Lamento si algunos lectores se sienten aludidos, pero la mayoría de los cirujanos mayores de 60 años, por su veteranía, tienden a actuar con prudencia excesiva, se resignan con más facilidad y arriesgan menos… y yo nunca quise ser así. Por eso, entre otras razones, me retiré de los quirófanos a los 68.

En definitiva, debemos agradecer la suerte más modesta, el poder levantarnos con dignidad durante la noche y llegar al baño a tiempo. No ganamos ninguna lotería, no hubo conjuros ni “mal de ojo”, y pudimos llegar hasta aquí. 

Además, como dice el refrán, hoy más vigente que nunca, “no hay mal que dure cien años ¡pero tampoco cuerpo que lo resista!”, y mucho menos a esta edad.

Alberto Salinas 
Escritor y Cirujano en libre retiro 
Miami, 8 de febrero del 2026

PD: Envejecer no es rendirse, es decidir mejor. Eso me dijo la IA…



Comments

Popular posts from this blog

El Bachiller Rangel y la política de las pestes

Dos fotos, dos reyes …

Los Judíos, Ucrania y mi familia