Perseverancia vs. Segregación
Perseverancia vs. Segregación
En el siglo XX existieron tres héroes anónimos de la medicina de raza negra, y seguramente muchos más que permanecen en el anonimato.
Vivien Thomas, carpintero, imposibilitado de estudiar medicina debido a la segregación racial y a la Gran Depresión, comenzó como obrero de mantenimiento en el laboratorio del Dr. Alfred Blalock en la Universidad de Vanderbilt, Tennessee, en 1930. Allí se convirtió en su asistente, participando en 200 operaciones experimentales en perros con instrumental diseñado por él mismo. El objetivo de estos procedimientos era mejorar la circulación entre el corazón y los pulmones de los llamados “bebés azules”, niños cianóticos portadores de una enfermedad congénita conocida como Tetralogía de Fallot.
Tras ser ascendido a técnico de laboratorio, Thomas aceptó mudarse con Blalock a la Universidad de Johns Hopkins, en Baltimore. En 1944, Blalock realizó la primera cirugía cardíaca exitosa en una malformación congénita, operando a una bebé cianótica. El procedimiento consistió en desviar la circulación desde la arteria subclavia hacia la arteria pulmonar, una técnica que hoy parece sencilla pero que en su momento era extremadamente arriesgada. Este hito permitió a esos niños alcanzar vidas adultas y normales.
Aunque la idea fue de Blalock, fue Thomas quien la desarrolló, perfeccionando las técnicas quirúrgicas en el laboratorio. Ante la mirada incrédula del cuerpo docente del hospital, Thomas asistió directamente a Blalock en aquella operación histórica. Sin embargo, el procedimiento fue conocido como la técnica de Blalock, y Thomas no recibió crédito alguno.
A pesar de ello, Thomas continuó su labor en el laboratorio, formando a numerosos cirujanos, incluidos algunos célebres como Denton Cooley y Michael DeBakey. En 1976, la Universidad de Johns Hopkins le otorgó un Doctorado Honoris Causa en Leyes, ya que las restricciones legales impedían concedérselo en Medicina. Falleció en 1985, a los 75 años de edad.
Hamilton Naki, “el cirujano clandestino”, surafricano negro, murió en 2005 a los 78 años, dejando tras de sí una historia extraordinaria. La noticia no apareció en ningún periódico. Naki abandonó los estudios a los 14 años para trabajar como jardinero en la Escuela de Medicina de Ciudad del Cabo. Durante años, se dedicó a limpiar jaulas en el laboratorio y a asistir en experimentos con animales, en los que se practicaban trasplantes de órganos. Era curioso y hábil, aprendió rápido. Se convirtió en uno de los mejores cirujanos experimentales de su época, a pesar de no haber recibido educación formal.
En 1967, Christian Barnard practicó el primer trasplante cardíaco del mundo. Denise Darvall, declarada con muerte cerebral después de un accidente de tránsito, donó su corazón a Louis Washkansky, un hombre de 54 años, en el Hospital Groote Schuur de Ciudad del Cabo. Naki, desafiando las leyes del apartheid que prohibían a los negros tocar la sangre de los blancos, fue llamado por Barnard para retirar y preservar con extremo cuidado el corazón de la donante.
Barnard se convirtió de inmediato en una celebridad mundial, a pesar de muchas “críticas” éticas y médicas. Abrió paso definitivo a la cirugía de trasplante de órganos que se practicaba accidentalmente con riñones desde la década del 50 y que hoy en día nos brindan sobrevidas mayores de 25 años. Washkansky falleció 17 días después de la operación. Naki permaneció en las sombras. Su contribución fue ignorada y, cuando apareció accidentalmente en una fotografía del equipo médico, el hospital declaró que era un empleado de limpieza. Algunos niegan su participación en aquel trasplante famoso.
Vivió en una barraca sin luz ni agua en un gueto de la periferia. Enseñó a estudiantes blancos durante 40 años. Se jubiló en 1991 y con su salario de jardinero compró un camión que transformó en una enfermería móvil para atender gratuitamente a los miembros de su comunidad.
Con el fin del apartheid, su contribución fue finalmente reconocida. En 2002, recibió una condecoración oficial y un Doctorado Honoris Causa en Medicina por la Universidad de Ciudad del Cabo…
Arthur Wallen, con quien tuve el honor de trabajar durante dos años en Nueva York, originario de Jamaica y veterano de la Primera Guerra Mundial, sirvió bajo las órdenes del General Edmund Allenby durante la conquista de Palestina sobre el Imperio Otomano. Era un hombre culto, educado, respetuoso, siempre dispuesto, con un excelente ánimo y fue un cirujano autodidacta.
Wallen trabajó más de 25 años en el servicio de Cirugía Experimental del Mount Sinai Medical Center de Nueva York. Comenzó desempeñándose en labores de limpieza para luego convertirse en Técnico director del Laboratorio. Se encargaba de los postoperatorios de los animales de experimentación, los anestesiaba, preparaba el instrumental y nos asistía siempre que podía. Durante su larga carrera, enseñó técnica quirúrgica a generaciones de estudiantes de Medicina y Cirugía. Era un profesor inspirador.
En 1983, asistí al acto de graduación de la Escuela de Medicina del Mount Sinai, celebrado en el Lincoln Center. Con gran emoción, presencié cómo se le concedía a Arthur Wallen un Doctorado Honoris Causa en Pedagogía. Fue un reconocimiento a su valiosa labor docente en el campo de la cirugía durante la segunda mitad del siglo XX, tal como lo menciona el eterno jefe, el Dr. Arthur Aufses, en su libro La Casa de las Nobles Hazañas.
Al día siguiente, como siempre, lo encontré en su trabajo. Lo saludé con entusiasmo y le dije: “Congratulations, Dr. Wallen.” Con su humildad de siempre, me respondió: “Come on, Dr., always Mr. Wallen.”
Tenía más de 80 años y se retiró poco tiempo después. Le perdí la pista…
¿Final?
Estos personajes fueron autodidactas, no por elección sino por la falta de oportunidades para educarse. Se destacaron por haber sido innovadores, docentes humildes, desprendidos y pobres de solemnidad. Y los tres al final de sus vidas fueron premiados.
Aun así, siempre he creído que la formación académica es esencial para el aprendizaje continuo y para avanzar en cualquier disciplina. La educación no solo marca una diferencia en el bienestar de la gente, sino que abre caminos por igual, algo que debería ser un derecho y no un privilegio reservado a unos pocos. Y he aquí el último protagonista de estas minicrónicas…
Mitiku Belachew nació hace casi 80 años en Etiopía, proveniente de una familia real. Su único patrimonio era el linaje dentro de su tribu, pero no poseía bienes materiales. Fue un niño patrocinado por UNICEF. Aprendió a leer y escribir a los 14 años. Contra todo pronóstico, superando enormes obstáculos, logró estudiar y graduarse de Médico en la Europa tolerante.
En la década de 1990, Belachew se convirtió en pionero de la cirugía laparoscópica y bariátrica. Fue Profesor Asociado en universidades de gran prestigio, dejando un legado académico invaluable.
Tuve el privilegio de conocerlo en persona. Un gran cirujano. Humilde y ajeno a cualquier ambición de reconocimientos que no fueran producto de su esfuerzo y mérito académico. Desde su confortable retiro en Brujas, Bélgica, patrocina una fundación para la alfabetización de sus compatriotas en su país de origen…
Alberto Salinas, Cirujano
Caracas, diciembre 2013
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