Carta desde Caracas
CARTA DESDE CARACAS
Todo el mundo cree que nosotros, los médicos, hacemos el juramento de Hipócrates el día que nos graduamos y no es así. Rezamos la oración de Maimónides. Está más vigente que nunca. El Gran Médico de Córdoba, Maimónides, en el siglo xii, oraba:
Dios, aparta de mí la tentación de que la sed de lucro y la búsqueda de la gloria me influencien en el ejercicio de mi profesión. […] Que siempre y sin desmayo auxilie al rico y al pobre, al justo y al injusto, al enemigo y al amigo. […] Aleja de mí la idea de que lo puedo todo. Dame la fuerza, la voluntad, y la oportunidad de ampliar mis conocimientos a fin de procurar mayores beneficios a quienes sufren.
Aunque más conocido en su tiempo por haber sido el médico personal de Saladino, dejó su huella como teólogo y filósofo inspirador medioeval al tratar de conciliar la fe con la razón. Expulsado de al-Ándalus por los almohades, siempre se reconoció a sí mismo como sefardí. Por mi educación y mi convicción de humanista liberal, no puedo dejar de admirarlo.
He leído libros en donde se exalta el recuerdo de Sefarad de la España tolerante islámica; de Raquel la Fermosa, pasión de Alfonso VIII de Castilla, en el siglo xii; del holocausto posterior al edicto de expulsión de los judíos de España; la “Gesta del Marrano”; y el largo brazo de la Inquisición, en donde a pesar de los horrores narrados, el recuerdo y la nostalgia siempre estuvieron presentes. ¿Quién no ha escuchado el Concierto de Aranjuez? Escrito en 1939, sus notas melancólicas y su lírica (“Junto a ti, al pasar las horas o mi amor, hay un rumor de fuente de cristal, que en el jardín parece hablar, en voz baja, a las losas…”) me transportan a al-Ándalus, al palacio de la Alhambra. Joaquín Rodrigo dedicó esta composición a su esposa Victoria Kamhi, pianista y escritora judía sefardí, nacida en Estambul en 1902.
Recuerdo en mi infancia, tendría ocho o nueve años, a finales de la década del cincuenta, una visita en Caracas, de una tía, hermana de mi padre, que vivía en Estambul. Hablaba un español extraño, pero fácilmente comprensible, “la lingua muestra, la de los mancebicos, los menesteres, las muyeres y los hijicos”, en donde no se camina, “se anda, se fragua, se topa y se troca a la diestra o la siniestra” el idioma de nuestros antepasados, el español antiguo, el ladino, preservado como un tesoro por los judíos sefardíes.
Me pude entender perfectamente a lo largo de los años con mi familia paterna, la mayoría de ellos establecidos en Israel, sin que ninguno de ellos hubiese pisado nunca un país de habla hispana.
En 1986, visité Estambul. No tenía ninguna indicación para localizar a mi tía. Busqué en el directorio telefónico a Susana Salinas. No aparecía. Encontré a un Albert Salinas, como yo. Marqué el número. Me respondieron en turco. Pregunté si hablaban español. Me dijeron que sí y por ahí comenzó la saga hasta que encontré a la tía perdida.
Mi apellido, Salinas, proviene de una población del mismo nombre de la histórica Castilla que existe en la España moderna. Mi familia original, expulsada en 1492, tomó el camino de los Balcanes para acogerse al Imperio otomano. Lamentablemente, no me tocó heredar “la llave” de la casa que dejaron atrás, que seguramente guardaron con el anhelo de poder regresar.
Puedo comenzar mi genealogía con el abuelo de mi abuelo, Moisés Salinas, a principios del siglo xix, en un pueblo de Turquía, Kirklareli, frontera con Grecia y Bulgaria. Las generaciones subsiguientes se adaptaron a los tiempos cambiando su estilo de vida. Evitaron el reclutamiento en las guerras fronterizas con Grecia y la Primera Guerra Mundial, en donde, por cierto, participaron tanto judíos otomanos y alemanes como también franceses e ingleses.
Mi bisabuelo Haviv (Bohorachi) nació en 1852; y su hijo, Moisés (Moshón), mi abuelo, en 1878. Lo llamaban Deli Moshón; Moshón, el lunático, el excéntrico. Atender la mercería de su padre resultaba muy aburrido para un alma tan inquieta. Al comienzo del siglo xx, ya se ganaba la vida con el contrabando de tabaco. Le gustaban el campo, los caballos y las armas de fuego. Fue propietario del primer vehículo automotor de su pueblo. El tiempo lo serenó dedicándose al final de su vida a la filantropía y a su comunidad.
Los pogromos del año 1934 (fue apuñaleado en el abdomen) lo impulsaron a mudar a su familia a Estambul, en donde moriría por una leucemia en 1941. Mi padre, el siguiente Haviv, escapando del antisemitismo prevalente en Turquía, migró a La Habana, Cuba, en donde lo acogieron sus familiares cercanos, miembros de la gran comunidad judía turca del entonces. Dos de sus tres hermanas hicieron lo propio, pero al Estado de Israel. Y aquella que me visitó cuando era niño se quedó en Estambul, enviudó cuatro veces, no tuvo hijos y falleció cerca de cumplir noventa años.
En 1949, en la búsqueda de mejores horizontes, mis padres, con mis dos hermanos, nacidos en Cuba, vinieron a Venezuela. Aquí nací y me eduqué dentro del esplendor de una comunidad judía pujante y en un país de libertades con grandes potenciales de desarrollo. A Venezuela le debo lo que soy y lo que tengo, tesoros inconmensurables en logros y bienestar familiar. Lamento mucho el deterioro de los años recientes. La crisis del país afecta por igual a los judíos locales que llevan en su sangre el gen de la migración.
Ya tomado el derrotero de los eventos actuales, en el año 2008, me enteré de la concesión de la ciudadanía española por carta de naturaleza a algunas familias judías originales de Marruecos, gracias a las diligencias hechas por la Casa de Melilla y a la generosa contribución de Sadia Cohen. La tenencia de un segundo pasaporte era tranquilizadora. Mi esposa, natural de Tánger, y dos de mis hijos hicieron la solicitud en el 2009, pero ese año se paralizaron esos trámites. Comencé a documentarme para seguirle la pista a todo el proceso.
El primer precedente que encontré de reconocimiento y protección a los sefardíes fue a través de la concesión de la nacionalidad española decretada por Primo de Rivera en diciembre de 1924 a los “antiguos protegidos españoles o descendientes de éstos, y en general individuos pertenecientes a familias de origen español que en alguna ocasión han sido inscritas en Registros españoles y que por causas ajenas a su voluntad de ser españoles, no han logrado obtener nuestra nacionalidad”, en clara referencia a los sefardíes. Gracias a este decreto y al esfuerzo de algunos diplomáticos españoles en países como Grecia, Bulgaria y Rumania durante la Segunda Guerra Mundial, se lograron salvar miles de judíos del exterminio nazi.
Por las múltiples aproximaciones entre los distintos gobiernos y las comunidades sefardíes del mundo, el 31 de marzo de 1992, quinientos años después del Decreto de la Alhambra, en el aniversario de su proclamación, el rey Juan Carlos derogó el edicto de expulsión de los judíos de España pidiendo perdón y reconociendo el error histórico cometido por los Reyes Católicos. El otorgamiento de la nacionalidad por carta de naturaleza basada en la ley de Primo de Rivera continuó hasta que el Gobierno español promulgó en junio del 2015 la Ley de concesión de nacionalidad española a los sefardíes originarios de España. El cabildeo de la Federación de Comunidades Judías de España y el Gobierno de turno hicieron posible su aprobación por el Parlamento en octubre de ese mismo año. Se eliminaba así la discrecionalidad de algunos funcionarios y se establecieron reglas claras para su cumplimiento. Simultáneamente, por decreto de la Corona, se les concedió la ciudadanía a aquellos judíos que tenían sus expedientes paralizados desde el 2009. Finalmente, mi esposa y mis hijos se hicieron españoles.
En lo personal, me correspondió ampararme en la nueva ley. En septiembre del 2016, luego de tomar el examen del Instituto Cervantes sobre conocimientos socioculturales de España, presenté ante un notario en Málaga mi certificación como judío sefardí y los soportes que demuestran mi origen. En junio de 2017, me fue concedida la ciudadanía española. En octubre fui notificado oficialmente por el consulado de Caracas. Juré lealtad al rey y en diciembre me fue entregada mi partida de nacimiento literal. Desde enero de este año, viajo al exterior con mi nuevo pasaporte.
Aunque algunos escépticos dudan de la presencia de judíos en la Península Ibérica desde los tiempos babilonios, es seguro que sí estaban en la Hispania Romana mucho antes de las invasiones visigodas. La contribución judía a la construcción y consolidación de la monarquía antes de la expulsión es incuestionable. En lo moral, la historia de Abraham Senior, líder de las comunidades judías, miembro selecto de la corte de los Reyes Católicos y gran recaudador del reino, es elocuente. Aceptó la conversión al cristianismo para permanecer cercano a la Corona y desde ahí seguir ayudando a sus correligionarios ante la tragedia que se avecinaba. La ceremonia fue pública y tuvo lugar en el Monasterio de Guadalupe.
Los padrinos del bautizo fueron Isabel y Fernando. Cuentan que la noche previa encontraron a Senior rezando en la sinagoga y, ante tal sorpresa e indignación, la reina le reclamó. Su sabia respuesta fue: “No puedo estar ni un solo momento fuera de la ley”. Al siguiente día, cambió su nombre para ser Fernando Pérez Coronel.
Creo que queda clara mi identidad española sefardí. Reconozco la valentía y el coraje tanto de la Corona como la del Estado español en reconocer el error histórico cometido con la expulsión, y su propósito de enmienda. Siento que me han devuelto mi ciudadanía ancestral. No solo no guardo ningún rencor, sino al contrario, me siento orgulloso de ser español, de la España del primer mundo, de la España de hoy.
Alberto Salinas, médico cirujano
Caracas, marzo del 2018
Comments
Post a Comment