Cuba y su “epidemia de ceguera”

 CUBA Y SU “EPIDEMIA DE CEGUERA”

 

No, no es una metáfora, fue real. Tampoco tan severa como la narrada por el nobel José Saramago en su Ensayo sobre la ceguera. Durante el llamado “Período Especial” de Cuba, entre 1991 y 1993, aparecieron cerca de cincuenta mil almas con una disminución muy importante de la agudeza visual, en algunos casos casi total, por una neuritis óptica. La epidemia fue lo suficientemente grave como para movilizar a un contingente de expertos mundiales para resolver. El coordinador fue el mismísimo comandante Fidel Castro y su manipulación política fue insólita. El tema me toca por razones personales. Además de haber ejercido la medicina por casi cincuenta años, mi familia se fundó en La Habana. El cubaneo me llega por todas partes. Iré poco a poco echando el cuento…

 

La isla

 

Aunque se sabe que hubo amerindios allí desde hace más de cinco mil años, la mayoría de la gente solo conoce su historia desde Fidel para acá. El 28 de octubre de 1492, aparecieron en su horizonte tres carabelas comandadas por Cristóbal Colón. Desembarcaron en la isla mayor de las Antillas, tierra fértil, caliente y tropical, que la haría destino de inmigrantes e invasores. Sus habitantes vivían en chozas de palma, comían yuca, maní, pescado abundante y fumaban tabaco. Los hombres fueron esclavizados; los niños, criados como españoles; las mujeres se “unieron” a las familias de los conquistadores. En cien años, entre las espadas, el sarampión y la viruela, arrasaron con el 90 % de la población local. Las víctimas les dieron a su vez un “recuerdito de salida” que llevarían a Europa: la sífilis, desconocida en el viejo mundo.


La conquista duró cincuenta años. Ya en el siglo xvi, como prevención de ataques corsarios, La Habana se convirtió en el centro de acopio de todos los tesoros del Nuevo Mundo para ser embarcados en caravanas de galeones camino a España. También le añadían una carga autóctona y preciada: el tabaco. Los nativos fueron los primeros en cultivarlo y fumarlo. Una vez exterminados los aborígenes del Caribe, la Corona española apeló a los esclavos africanos como nueva fuerza laboral. De los doce millones exportados al Nuevo Mundo, dos millones recalaron en Cuba.


“Los últimos fueron los primeros”: Haití fue el primer país latinoamericano en lograr su independencia y abolir la esclavitud, el 1 de enero de 1804. Colonia francesa, principal productor mundial de azúcar. Cuatrocientos mil esclavos, en 1791, se alzaron contra los treinta mil blancos de la isla. En la revuelta, acabaron con los cultivos de la caña. Los dueños de las plantaciones migraron a la isla vecina, que, con condiciones óptimas, la convirtieron en la nueva capital azucarera del Caribe. Cuba se mantuvo fiel a la causa de la esclavitud, que garantizaba las ganancias del azúcar, y fue el último país iberoamericano en abolirla, en 1886. Alrededor del 60 % de su población actual desciende de ellos.


El precursor de la independencia de Cuba fue Carlos Manuel de Céspedes, un pequeño hacendado criollo azucarero quien, en protesta por los altos aranceles de la Corona, el 10 de octubre de 1868, llamó a los cubanos a rebelarse contra España. Liberó a todos sus esclavos y declaró la independencia de la isla. Se desató una guerra civil “a punta de machetes”. Diez años y cien mil muertos después, en 1878, en un acuerdo de paz, se mantuvo la colonia española con importantes reformas políticas. Pero muchos rebeldes no quedaron satisfechos; entre ellos, un joven de clase media, maestro, poeta y periodista: José Martí. 


Exilado en la Florida después de años de trabajos forzados como prisionero de guerra, regresó el 11 de abril de 1895 con un grupo de comandantes militares liderados por él, con el objetivo de liberar a Cuba del dominio español. Cayó muerto a los cuarenta y dos años por una bala en el pecho, el 19 de mayo de 1895, en la primera batalla de la “guerra necesaria”. Convertido en mártir, muchos cubanos, especialmente del campo, se alistaron para pelear. Ante el avance popular, el enviado especial español, general Valeriano Weyler, decretó la reconcentración: un reagrupamiento forzoso de la población trayendo la gente del campo a las ciudades para frenar el movimiento independentista. Hacinados en campos de concentración, generaron una crisis humanitaria de grandes proporciones. De cuatrocientos mil refugiados, murieron ciento setenta mil por las causas de siempre: hambre y enfermedades infectocontagiosas.


La prensa amarillista de Pulitzer y Hearst se hizo eco de ese desastre que ocurría a noventa millas de la costa de la Florida, incitando la intervención militar norteamericana. El presidente William McKinley, como una demostración de fuerza, envió a su buque de guerra más moderno, el USS Maine, lleno de cañones, para “proteger” las propiedades estadounidenses en Cuba. El 15 de febrero de 1895, a las 9:40 p. m., llegando el barco y anclando en la bahía de La Habana con 355 marineros y oficiales a bordo, explotó y se partió en dos. 261 muertos. Posiblemente, fueron fallas técnicas, pero la matriz de opinión en EE. UU. culpó a los españoles. Los especuladores atribuyeron el hecho a los rebeldes cubanos o a los propios americanos para justificar la intervención militar. El 21 de abril de 1898, el Congreso, en Washington, le declaró la guerra a España con el propósito de liberar a Cuba. Después de una invasión terrestre que hizo famoso a Teddy Roosevelt y habiendo sido aniquilada toda su flota, el 13 de agosto de 1898, España se rindió y Cuba se convirtió en un protectorado norteamericano.


En 1901, una asamblea constituyente, en aras de procurar la salida del ejército de ocupación, aprobó una constitución con la Enmienda Platt, que le permitía a los Estados Unidos nuevas intervenciones para proteger sus propiedades en la isla, además de cederles la bahía de Guantánamo, ideal para buques de guerra, convertida luego en la base naval más grande fuera de EE. UU., estratégica para controlar el Caribe y la construcción por aquel entonces del Canal de Panamá. El 31 de diciembre de 1901, los cubanos eligieron democráticamente a su primer presidente, Tomás Estrada Palma, el único candidato. Nadie más participó en protesta contra los Estados Unidos…


Los cubanos perfeccionaron el cultivo de la caña y fueron los mayores exportadores de azúcar a Europa y Estados Unidos, con grandes beneficios económicos. Hubo necesidad de mano de obra en el campo, que, bien pagada, atrajo cientos de miles de inmigrantes espontáneos y muchos llamados por el Gobierno. A partir de 1902, llegaron cien mil chinos, en decenas de miles alemanes católicos de la Selva Negra; portugueses; y, sobre todo, españoles en masa, entre ellos, un campesino de Galicia y antiguo miembro del Ejército español, un tal Ángel Castro. Tomás Estrada, al término de su mandato, se reeligió de forma dudosa, generando una crisis social y política. Valiéndose de la Enmienda Platt, los americanos invadieron de nuevo la isla sin ninguna resistencia. Nombraron un gobernador provisional, crearon un ejército cubano dirigido por oficiales blancos de origen español para no tener que volver a ocupar el país en un futuro y también trajeron ingentes inversiones. Prosperaron.


El auge de precios del azúcar durante la Primera Guerra Mundial los convirtió en monoproductores. Al finalizar la guerra y recuperados los mercados, el precio cayó, con severas consecuencias económicas y sociales. Tras dos presidentes democráticamente electos y con la promesa de salvar a la patria, eligieron en 1924 a Gerardo Machado, admirador del fascismo de Mussolini, convertido en dictador después de su segundo período. Invirtió en infraestructura, carreteras, edificios públicos, radio y telefonía. La economía se recuperó. La ley seca norteamericana (1919-1933) promovió el turismo de bebedores de alcohol. La industria del ron se desarrolló. Bacardí se convirtió en símbolo nacional y el barato cubalibre se masificó a nivel mundial. Pero no se salvaron de la gran depresión posterior al colapso de la bolsa estadounidense de 1929. Además, en 1933, tuvieron el peor huracán de su historia, con efectos devastadores.


Se intensificaron las tensiones sociales, volvieron los disturbios y, con ellos, una severa represión. Ese año, Fulgencio Batista, sargento de treinta y un años, humilde, nativo, descendiente de aborígenes, que aprendió la retórica política siendo taquígrafo en tribunales, lideró la Revuelta de los Sargentos y tomó el poder. Removió a los oficiales blancos de origen español, se convirtió en coronel y jefe del ejército, incorporó a los afrocubanos. Carismático, aglutinó a su alrededor a todos los sectores del país. Sorprendidos, en Washington, con el tiempo aprendieron a quererlo. Tenían que proteger sus inversiones, sobre todo, en la producción de azúcar. Seis presidentes títeres pasaron bajo su tutela hasta 1940, cuando se quitó el uniforme para siempre y fue elegido democráticamente presidente de Cuba. Les dio una nueva constitución con reformas sociales, laborales y, sobre todo, eliminó la Enmienda Platt, accediendo finalmente a su total independencia. Mientras tanto, un adolescente de catorce años, hijo ilegítimo de aquel gallego Castro que llegó a cortar caña, convertido luego en terrateniente, ingresaba internado en un colegio jesuita en Santiago de Cuba…

 

Los marcianos llegaron ya y llegaron bailando el ricachá

 

Las mejoras laborales y la mala reputación que prometía aventuras hicieron florecer el turismo y la economía. La mafia comenzó con el tráfico de prostitutas y el contrabando de licor hacia EE. UU. en tiempos de la prohibición. Construyeron hoteles con casinos en donde hacían trampas. Batista contrató a Meyer Lansky, un mafioso con fama, para rescatar la “honestidad” del juego. Y lo hizo. Convirtió a Cuba en el paraíso de los gánsteres. Terminó su período en 1944 y, habiendo sido aliado de los americanos en la Segunda Guerra Mundial, millonario, se retiró en Daytona, al sur de la Florida. A su sucesor, Ramón Grau, se lo comió la mafia. La corrupción fue grosera, se profundizó la brecha social y el estudiante Castro terminaba sus estudios en la Universidad de La Habana…


En 1952, Batista, sabiéndose no querido, sin elecciones, retomó el poder con la antigua cúpula militar sin ninguna resistencia violando su propia constitución. Los inversionistas se fueron, el país se deterioró, hubo protestas y represión. Cuba se convirtió en un estado policial con dos mil asesinatos extrajudiciales. El ya graduado de abogado Fidel y su hermano Raúl se declararon guerrilleros opositores asaltando fallidamente el Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953. Presos y liberados al año y medio por una amnistía política, se fueron exilados a México para organizar su revolución. Regresaron en una lancha precaria, un verdadero bote, el Granma, con armas y ochenta refuerzos, entre ellos, un joven médico argentino que sería célebre: Ernesto “Ché” Guevara. Casi se hunden y, “de la mano de Dios”, lograron desembarcar en una playa remota del oriente de Cuba el 2 de diciembre de 1956. Cincuenta revolucionarios fueron abatidos a su llegada. Los sobrevivientes huyeron a la Sierra Maestra.


La propaganda clandestina de Radio Rebelde ayudó a reclutar unos pocos cientos de combatientes. Perdieron todas las batallas en el oriente salvo una en Santa Clara, que la ganó el Che. Los medios americanos de nuevo actuaron idealizando a Fidel como un Robin Hood. Washington le pidió la renuncia a Batista, quien, ya sin ningún apoyo, la aceptó. Se escapó el 31 de diciembre de 1958. Los ejércitos regulares implosionaron y se sumaron a los revolucionarios, que no alcanzaban ni a mil hombres. Sin haber ganado ninguna batalla y con ochenta mil soldados rendidos, el 8 de enero de 1959, Fidel Castro entró tranquilamente en La Habana a tomar el poder.


Buena parte de la clase media y alta, harta de la corrupción y la represión, creyó en su discurso original: “Nuestra filosofía es una democracia representativa en una economía bien planificada”. La promesa de “justicia social” con un 25 % de analfabetismo y de desempleo, a expensas de la población rural, le terminó de redondear el 80 % de apoyo popular. En el camino inicial, eliminó a todos sus adversarios, incluyendo a líderes originarios de su revolución. Cerca de tres mil muertos, cientos en el paredón. Comenzó expropiando empresas norteamericanas, confiscó bienes privados, aparecieron las sanciones por EE. UU. y la migración. El discurso antiamericano, la asociación comercial con la URSS, la fallida invasión de Bahía de Cochinos de 1961 y su aparición pública en diciembre de ese año, tomando una Coca-Cola, declarándose “marxistaleninista”, provocaron el bloqueo comercial y económico de Cuba hasta el día de hoy.

 

La epidemia

 

“Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven” (José Saramago, Ensayo sobre la ceguera).

 

Fidel y su revolución sobrevivieron a invasiones fallidas, múltiples intentos de asesinato y a las sanciones comerciales, gracias a lo cual se atornilló en el poder. Pero, sobre todo, por la subvención económica de la URSS, que alcanzaba los seis mil millones de dólares anuales, invertidos buena parte en aventuras militares. Subsistieron, pero el panorama empeoró cuando se derribó el muro de Berlín en noviembre de 1989. Eliminado el flujo de dinero soviético, la reducción notable de la producción de azúcar y el endurecimiento del embargo por EE. UU., llegaron al Período Especial de 1991-1993. El desabastecimiento se apoderó de Cuba. Se racionó todo: alimentos, productos de primera necesidad, la venta de tabaco y licor. El detente de las industrias básicas, electricidad y transporte por falta de combustible produjo la resurrección de carretas jaladas por cuadrúpedos y la masificación de bicicletas chinas. Y un manto de hambre se posó sobre la isla…


En Pinar del Río, la provincia más occidental de Cuba, capital del tabaco, al comienzo de 1992, se presentaron en el Hospital Comandante Pinares algunos pacientes que se quejaban de calambres, hormigueos, hasta pérdidas de la sensibilidad y capacidad motora en las extremidades. Habían perdido peso y, por el probable déficit de ciertas vitaminas, el diagnóstico fue fácil: neuritis, inflamación de los nervios periféricos. Pero todos tenían además fotofobia o intolerancia a la luz, dificultad para leer y reconocer caras familiares, agravada con la baja iluminación. A esta última condición la llamaron “neuritis óptica”. Pero la pérdida de la visión fue progresiva. La mayoría eran hombres de entre cuarenta y cincuenta años, fumadores y bebedores de ron. Aparecieron al principio quince casos mensuales; luego, treinta; y pensaron que podrían controlar la situación. La frecuencia aumentó en progresión geométrica para convertirse en una epidemia. El 31 de marzo de 1992, las autoridades reconocieron la presencia de siete mil casos de neuritis óptica, 60 % en Pinar del Río y 25 % en La Habana; y para el 30 de abril, subieron a veintiséis mil, ¡solo en un mes! Se empezaron a preocupar. El viceministro de Higiene y Salud Pública doctor Héctor Terry, reconoció en público que el “déficit de vitaminas estaba provocando nuevas enfermedades en la isla”. Fue destituido por su osadía. Pero en muchos países hay desnutrición y la gente no se queda ciega. Había algo más. Para el año de 1993, alcanzaron la cifra de cincuenta mil casos. Se desbordaron los hospitales por la emergencia sanitaria. Y, como siempre, la causa, un “virus gringo” sembrado por la CIA desde Guantánamo, zona que, por cierto, nunca tuvo enfermos de neuritis óptica.

 

“Para este problema visual hay que ir al ojo de la tormenta” (Rafael Muci Mendoza).

 

La ceguera parecía desconectada de la crisis alimentaria y su rápida propagación sugería la presencia de un virus. Fidel anunció con bombos y platillos que “los científicos cubanos habían descubierto una nueva enfermedad”. Estudiaron el líquido cefalorraquídeo, que lubrica y drena detritos celulares y metabólicos del sistema nervioso central, extraído de la columna vertebral de cincuenta pacientes. En cuarenta y siete de ellos encontraron la presencia de un virus que, usualmente, coloniza el tracto gastrointestinal (?). Normalmente, cualquier infección genera una reacción inflamatoria que se manifiesta por la presencia de proteínas y/o de diferentes tipos de glóbulos blancos, siempre. En ninguna de las muestras del líquido fueron detectados. Una infección viral sin reacción inflamatoria (?).


La gran propaganda médica tuvo un efecto contrario para la mermada economía. El “gringovirus” espantó a todos los turistas de la isla. También se lo creyó la Organización Mundial de la Salud (OMS). Pero la realidad fue aplastante. El 4 de mayo de 1993, en su asamblea anual en Ginebra, el Gobierno cubano pidió ayuda a la comunidad internacional. La respuesta solidaria fue inmediata. Entre el 15 y el 19 de mayo de 1993, arribó a La Habana un contingente de expertos mundiales: oftalmólogos, neurólogos, virólogos, nutricionistas y epidemiólogos. Encabezaba la misión el doctor Alfredo Sadun, oftalmólogo de Los Ángeles, California, referente experto en enfermedades del nervio óptico, quien narra que el Gobierno americano le tuvo que dar un permiso especial para viajar a la isla (los nacionales de EE. UU. lo tenían prohibido como parte del embargo). Destacaba el doctor Carleton Gajdusek, virólogo prominente del National Institute of Health en Bethesda, premio nobel de Medicina en 1976 por haber descubierto un nuevo virus adepto al tejido nervioso, que produce demencia y muerte en las poblaciones caníbales de Papúa y Nueva Guinea, que resulta de ingerir cerebro de niños por otros niños.


Autocalificado como el benjamín del grupo, estaba nuestro insigne neuroftalmólogo venezolano, doctor Rafael Muci Mendoza, con una abultada experiencia recabada en mi alma mater, Hospital Vargas de Caracas, en un país con condiciones culturales y geográficas parecidas a las de Cuba.


La mayoría venían de EE. UU., pero eran tratados por Fidel según su origen (italianos, argentinos, colombianos y etc.), no como estadounidenses. Al llegar, todos fueron convocados al auditorio del Centro de Biotecnología en La Habana. La sala estaba repleta de científicos para discutir y esclarecer el problema. La sesión la presidía y dirigía el propio comandante Fidel Castro. ¡Increíble! Participaba, interrumpía, opinaba sobre esto y aquello, la enfermedad, las estadísticas…, todo. Sobre un evento médico epidemiológico. Demostraba que tenía el control.


El primer día, tenían previstas visitas turísticas irrelevantes en las instituciones científicas para promover el avance de la medicina cubana. Nada para examinar pacientes directamente. Querían que la comunidad científica internacional simplemente avalara sus hallazgos del supuesto virus de la ceguera. Protestaron. Al siguiente día, se les permitió examinar a sus primeros enfermos en el Hospital Oftalmológico Pando Ferrer.

 

“Ni la ciencia ni los científicos se doblan ante las manipulaciones”. (No sé quién lo dijo).

 

Evaluaron trece pacientes y en todos se evidenció en el fondo del ojo una “palidez del disco y pérdida de fibras ópticas” con déficit visual central bilateral subaguda, que progresaba en semanas. Y todo, producto de un virus del tracto gastrointestinal, que no producía reacción inflamatoria, sin brotes en asilos, colegios, cárceles ni cuarteles. Difícil de creer.


Seleccionaron a un grupo de veinte enfermos para su estudio. Analizaron la localización, conexiones familiares, hábitos de vida y etc. El único denominador común fue la pérdida de entre 9 y 13 kg de peso. La malnutrición era el problema. Pero ¿la ceguera? Faltaba algo más. La respuesta se encontró por accidente.


Dos hermanos afectados que no vivían juntos ni compartían sus escasas comidas salían a pasear con frecuencia y en el camino compraban ron casero. Y ahí estuvo la clave. El ron artesanal acumula ácido fórmico que produce daños en el nervio óptico que se agravan en poblaciones con déficits de ácido fólico, vitamina B1 y B12. El ron está arraigado en Cuba desde el siglo xvii, cuando los esclavos ya bebían el producto de la fermentación de la melaza del azúcar en las plantaciones de la isla. La mayoría de los enfermos ingería entre una y dos botellas semanales de licor casero. Mientras tanto, los pacientes hospitalizados, que recibían como único tratamiento suplementos vitamínicos, un menú diario de arroz, frijoles, ensalada de col, pollo y un litro de leche, “arroz a dos bandas”, se recuperaron totalmente.


Establecida la causa de la epidemia como consecuencia de la malnutrición y la intoxicación con ácido fórmico, quedaba por descartar la teoría cubana del “gringovirus”. Y es en la sesión final, en presencia del comandante Castro, que, de entre este grupo de expertos, el de más autoridad, el Nobel de Medicina, doctor Gajdusek, dijo:

 

“Ustedes han aislado un enterovirus como el de la polio 96 % de las veces sin ninguna célula inflamatoria en el líquido cefalorraquídeo. Si esto es cierto, ya no busquen más, pero tendrán que reescribir en los libros de medicina el capítulo de la neurovirología”.

 

Se sentó en medio de una ovación (cultivos posteriores de las mismas muestras practicados en laboratorios americanos y europeos no reprodujeron los hallazgos cubanos). Fidel escuchó con atención y, finalmente, resignado, le preguntó al doctor Sadun, jefe de la misión, qué se podía hacer. El médico estadounidense, a nombre de todos, recomendó la distribución inmediata y masiva de suplementos de ácido fólico y vitamina B. Se instaló una fábrica de vitaminas y se repartieron gratuitamente a toda la población.


Para septiembre de ese mismo año de 1993, la epidemia estaba controlada. A partir de 1994, el Gobierno permitió la circulación del dólar americano, las remesas familiares y algunos emprendimientos privados. Regresó el turismo, la economía mejoró y este oscuro capítulo de la neuritis óptica pasó a la historia.

 

La Habana, marzo del 2006

 

“Me gusta un solo tipo de música, la buena” (Duke Ellington).

 

En el año 1996, un productor americano viajó a La Habana y sacó de la penumbra a varias glorias de la música cubana de las décadas del 40 y del 50. Todos ancianos, se juntaron y rescataron boleros, mambos y danzones olvidados. En dos semanas, grabaron un disco: Buenavista Social Club. El éxito fue total y mundial. Cautivados por la magia del movimiento Afro-Cubans All Stars, los escuchábamos todos los días en nuestro quirófano del Hospital de Clínicas Caracas. El pianista Bebo Valdés grabó con el “cantaor” flamenco Diego el Cigala en el año 2003 un álbum con boleros tradicionales y “Lágrimas negras” fue seleccionada como la canción del año por el New York Times.


En historias separadas, he contado antes que mis padres arribaron a La Habana en la década del 30. Mi padre, de Turquía; y mi madre, de Ucrania. Allí se conocieron. Se casaron ante el notario Miguel Ángel Tamargo Vidal, del Registro Civil de La Habana Vieja, el 18 de febrero de 1942, el mismo año en que abrieron La Bodeguita del Medio, por cierto, muy cerca de ahí. Vivían en el 390 de la calle Reyes, entre Luz y Pocito, en La Víbora, mismo barrio en donde se crio y creo que todavía vive el escritor premio princesa de Asturias Leonardo Padura. Mis dos hermanos mayores nacieron en La Habana en los años 43 y 45.


Venezuela, en 1949, de acuerdo a su Producto Interno Bruto por habitante, era el cuarto país más rico del planeta, dos veces más que Chile, cuatro veces más que Japón y doce veces más que China. Era el “sueño americano del sur”. Ese mismo año, mi familia se mudó a Caracas y yo nací allá en el año 1951. De niño, entre el picadillo, el congrí y viendo jugar dominó hasta el doble nueve, pensaba que Cuba era el país más avanzado de Latinoamérica antes de Fidel. Mis padres viajaban a La Habana a operarse con un cirujano renombrado, el doctor Rodríguez Díaz. Me llevaron dos veces al pediatra durante mi infancia. Recuerdo la casa de mis tíos en Miramar.


Y fui. Por mi historia, por la música y para veeer…


El martes 21 de marzo del 2006, viajé a La Habana. Podía ir con Cubana de Aviación o con Aeropostal. Preferí Aeropostal. Aterrizamos de noche en el aeropuerto de Rancho Boyeros. Me equivoqué en mis expectativas. Había varios aviones 747 y Airbuses 380 de aerolíneas europeas. La sala de Inmigración era grande con muchas taquillas de ingreso. Preguntaban (por la paranoia de la visa americana) si queríamos el sello de entrada en el pasaporte. Por supuesto que no. Te daban el ingreso en un papel aparte. Al salir, era notoria la escasa luz de la ciudad y la poca que había era gracias a los cien mil barriles diarios de petróleo donados por Hugo Chávez. Los venezolanos éramos muy bien recibidos.


Los cubanos, en general, eran cálidos, hospitalarios y con un aparente valor arraigado de honestidad. La mayoría, vestidos con austeridad. Ante cualquier queja o crítica, la respuesta era siempre igual: “Es culpa del bloqueo”.


El tráfico era mínimo. Los carros, antiguos (la mayoría modelos del 80, hasta del 70, 60, 50 y 40), bien cuidados y “tricitaxis”. Llegué al histórico Hotel Nacional frente al famoso malecón. Había olor a mar. El lobby gigante, con alfombras viejas que clamaban junto con el resto por una urgente renovación. La conectividad internacional, internet y celulares era casi cero. Había una sola computadora para todo los huéspedes y las colas se salían a la calle. Fui directo al Gato Tuerto, famosa boîte en donde se decidía la política cultural cubana, a una cuadra del hotel. Bar pequeño, lleno de nomenklatura, con buena pinta, música en vivo, full hasta las cinco de la mañana, hora en que botaban a la gente. Ariel era mi anfitrión local, periodista, amigo de mi hermano mayor, que lo había visitado el año anterior. Al contactarlo (con dificultad) por e-mail antes de viajar, le pregunté qué necesitaba y me dijo: “Un pendrive, un libro cualquiera para leer y un alicate cortaúñas”.


Al siguiente día, en la tarde, luego de entregarle sus pedidos (tres pendrives, cinco libros y su cortaúñas), me llevó a una peña en la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en el Vedado. Entre las tres y las siete de la tarde se presentaron en el jardín de la casa varios grupos musicales con cantantes que hacían palidecer a Gloria Stefan en cualquiera de sus etapas. Entre las mesas y sillas de plástico (todas con Havana Ron) sin importar sus miserias, terminaron alegres un miércoles a las siete de la tarde haciendo un tren al ritmo de una conga. Los metales, cuerdas y cueros de la “Conga santiaguera cubana” o “Añoranza por la conga” inundaban la isla en aquellos días; pegajosa, causaba furor. Era el himno de la victoria del equipo nacional en el mundial de béisbol 2006, que, aunque ese domingo perdió la final ante Japón, fue un logro por haber sido el primer campeonato en donde participaron peloteros profesionales.


Caminé el malecón, las olas golpeaban y, al frente, las fachadas de los edificios, deterioradas por fragor del tiempo. Se sentía la pobreza. Estuve en la burbuja turística. Vi grupos de japonesas bailando con profesores de salsa casino. Comí en excelentes restaurantes: colas de langosta, había Johnny Walker Black y música en vivo en todos lados. Se podía caminar las calles con seguridad y a cualquier hora. El Floridita con Hemingway (la estatua de él sentado en la barra), la Bodeguita del Medio, el bar Dos Gardenias, el show del Tropicana, espectacular (que, por cierto, a la salida, las bailarinas paradas en la acera esperaban “clientes” para redondear su ingreso “artístico”).


La “perdición” en Cuba era uno de los reclamos de la revolución. Para el año 1958, había 11 500 prostitutas registradas. Para el año 2016, la cifra subió a noventa mil. Esta actividad parecía ser bien tolerada por el apremio económico, en una sociedad en donde un profesional universitario ganaba 25 $ mensuales.


Un ahijado de Ariel, joven médico que había trabajado en una misión como cirujano general por tres años en un hospital de trescientas camas a doscientos kilómetros de Pretoria, en Sudáfrica, me acompañó el jueves a lo que fue la actividad central de mi viaje, el Hospital Calixto García de la Universidad de La Habana. Conocí a los jefes, los que tienen el privilegio de acceder a la literatura médica actualizada. Entré al quirófano y lo vi practicar una colecistectomía laparoscópica con seguridad y sin ningún tropiezo. Eso sí, ropa de tela, equipos reconstruidos, las suturas (agujas “viudas”) cuidadas como oro, el poco material desechable que había era resterilizado, ¡usaban jeringas de vidrio! Trabajaban con las uñas. Ahí se sentía el efecto del embargo. El hospital, aunque viejo, con extensiones precarias, mostraba plena actividad. Los planes quirúrgicos diarios doblaban o triplicaban fácilmente los de nuestro hospital en Caracas de Los Magallanes de Catia.


Colón desembarcó en aquel viaje de 1492 con varios judíos conversos o “marranos”. Rodrigo de Triana fue el más famoso. Hubo uno que se bajó en Cuba, que se quedó ahí, Luis de Torres (Yosef Ben Levy Haivri), el primer judío cubano. El largo brazo de la Inquisición con sus autos de fe los disuadió para que se asentarán ahí, hasta que el Santo Oficio se abolió a finales del siglo xix. La primera oleada de inmigrantes judíos llegó de Turquía en 1914, evitando el reclutamiento otomano para la Primera Guerra Mundial (los Salinas). Luego, los que huían de los pogromos de Europa del Este a finales de los años veinte (los Karpel). Y los que escapaban del Holocausto. Alina, la hija rebelde de Fidel, dijo que su abuela Ruz era judía turca.


Al final de la cálida tarde de ese viernes, mis raíces me llevaron caminando por la calle 17, arbolada, del Vedado, hasta el Patronato, única sinagoga activa de La Habana, para asistir al servicio del Shabat. Habría unas sesenta personas, la mayoría turistas. La comunidad judía llegó a tener quince mil miembros en sus tiempos de esplendor en 1958. La revolución provocó su estampida. El 95 % migró. Llegaron sin nada, se fueron sin nada.


Y la última noche, el sábado, el grupo Buena Vista Social Club se presentaba en mi hotel. Estuvieron buenísimos. Pero regresé a Caracas con la melodía pegada de la “Conga santiaguera”, que me decía: “Y para despedirme, que canten los cantantes: ‘Oigan, santiagueros, sigan adelante’”.

 

Colofón

 

Trato de ser lo más objetivo y narrar con la menor cantidad de adjetivos posibles. Las fuentes que consulté sobre la historia de Cuba tenían sesgos. Llama la atención que en el excelente documental de Netflix The Cuba Libre Story, la mayoría de los comentaristas expertos son franceses, suizos, alemanes del este, rusos (exsoviéticos). Muy pocos cubanos, exilados y locales.

 

Cuba fue el último país de Hispanoamérica en independizarse de España. Batista, en 1940, eliminando la Enmienda Platt, logró la autonomía político-territorial definitiva. A pesar de sesenta años de sanciones, pareciera que la libertad de su población aún está pendiente desde que llegó Colón. No dudo que, una vez que la consigan, se convertirán rápidamente en uno de los países más prósperos de la región.

 

Las epidemias siempre han sido objeto de manipulaciones políticas y militares. Los judíos, en la Edad Media, fueron señalados como los culpables de la aparición de la peste bubónica o peste negra. Los muertos por la enfermedad eran catapultados hacia las ciudades sitiadas por los mongoles de la Horda de Oro. Fue la primera arma biológica conocida de gran escala. La gran influenza fue un “gringovirus” que acabó con cincuenta mil soldados en sus cuarteles antes de llevarla a Europa en 1918. Fue un secreto de Estado. También lo fue para los alemanes, que vieron mermadas sus fuerzas militares por la mortalidad a causa de la epidemia; e influyó en su derrota en la Primera Guerra Mundial. En España, la prensa libre comenzó a reportar públicamente por primera vez el brote local. Por eso se le llamó la “gripe española”. Mató a cincuenta millones de personas. Igualmente, la pandemia reciente del COVID cobró sus víctimas políticas.

 

Fidel Castro pretendió haber descubierto una nueva enfermedad; y Nicolás Maduro, un nuevo sistema epidemiológico de control del COVID: la cuarentena del 7-7. Además, el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas desarrolló el Carvativir, las “goticas milagrosas” para curar la enfermedad, que, según él, había que tomarlas no con té ni con café, ¡sino con fe! Caricaturesco…

 

A finales del siglo xix, hubo epidemias de neuritis mixtas con pérdida de la visión en menor cuantía. La primera, en Jamaica; luego, durante las guerras España-Cuba; civil española; y en prisioneros maltratados en Filipinas por los japoneses. Excepto por las epidemias de meningitis meningocócica, la neuropatía cubana, con 50.862 enfermos, ha sido la mayor epidemia neurológica del siglo xx. Los dos artículos publicados en la Gaceta Médica de Caracas en el año 2001 por el doctor Rafael Muci Mendoza fueron fuente de inspiración de este relato. Él concluye:

 

“La neuropatía óptica cubana tocó además aspectos humanitarios, éticos, morales y políticos que no deben ser desdeñados en su capacidad pedagógica porque constituyen una voz de alerta contra las tendencias totalitarias de cualquier laya”.

 

La “Conga santiaguera”, también conocida como “Añoranza por la conga”, está en YouTube. Es buenísima. El vídeo muestra mucho de lo que he querido decir por aquí: “el pueblo, su música y sus sueños”.


https://youtu.be/7CZdextrgDk?si=jVg_cZfeUsBMGSLP

 

Mientras escribo, Cuba arde por no tener pararrayos bien mantenidos. Se queman los cuatro grandes depósitos de petróleo en Matanzas y caen de nuevo en la sombra.


El premio nobel de Literatura José Saramago, autor del impactante Ensayo sobre la ceguera, en el año 2002, durante su visita a Ramala como miembro del Parlamento Internacional de Escritores, dijo que “la situación generada en la zona por la intervención israelí le recordaba a Auschwitz”, banalizando el Holocausto y demostrando así ser portador de una ceguera moral.

 


Alberto Salinas Karpel, cirujano en libre retiro

Miami, 25 de agosto del 2022 (año tercero y último de la pandemia, año de la reaparición de crímenes de guerra)

 


P. D. El 27 de mayo de 1939, atracó en el puerto de La Habana, proveniente de Hamburgo, el buque trasatlántico St. Louis con 937 refugiados judíos, todos con visas. Escribiendo una página vergonzosa en la historia de Cuba, el presidente Federico Laredo Bru y su “jefe”, Fulgencio Batista, les anularon los permisos de desembarco. Después de dos semanas de fallidas negociaciones, fueron devueltos a Europa. Solo veintiocho lograron bajar. En su viaje de regreso, intentaron desembarcar en EE. UU. y Canadá, en donde también fueron rechazados. 288 fueron aceptados en Inglaterra. El resto terminó su viaje en Amberes y la mitad de ellos fueron exterminados en campos de concentración. Poco antes, en febrero de 1939, dos buques, Caribia y el Koenigstein, zarparon también de Hamburgo con 251 pasajeros judíos escapando de la Alemania nazi. Después de haberles negado refugio en Barbados, Trinidad y Guayana Francesa, atracaron en La Guaira. El asilo que solicitaron fue concedido por el presidente de Venezuela, Eleazar López Contreras. Fueron recibidos con entusiasmo y calidez.

 

Willy Chirino nació el 5 de abril de 1947 en Consolación del Sur, Pinar del Río, Cuba.


 



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