La plaza digital

 La plaza digital

Minicrónica mayamera de la cuarta edad

Antes, para socializar y conversar, las personas mayores se reunían en una plaza pública, una cafetería, un club o incluso en alguna esquina. Hoy lo hacen en los chats grupales de WhatsApp o de cualquier otra red social, desde la pantalla de un celular.

 

Tal vez tenga alguna suerte de fobia social. No lo sé. Lo cierto es que esos chats me intimidan, no me gustan mucho. Después de todo, las plazas públicas tampoco eran lo mío.

 

Recuerdo, en mis tiempos de ejercicio profesional, la alergia de los médicos a las consultas por WhatsApp. Aunque, bien utilizadas, pueden ser de gran ayuda. Más de una vez pude diagnosticar tempranamente una complicación quirúrgica por una foto de una secreción proveniente de un drenaje abdominal. 

 

También recuerdo un chat que abrió una familia, casi completa, sobrinos y cuñados incluidos, de un paciente complicado, con los médicos tratantes. Todos hacían las mismas preguntas, algunas sin respuesta, y todos exigían resultados. 

 

Eso no era un chat. Era una junta médica permanente. Me volvieron loco. Me salí del chat y la familia casi me mata …

 

Lo cierto es que la tecnología resuelve problemas de comunicación. Pero también crea uno nuevo, la multiplicación de los interlocutores, y eso atormenta a cualquiera. A pesar de ello, están de moda y confieso que participo en algunos desde hace pocos años.

 

Hay chats grupales de todo tipo. Los familiares, los del trabajo, los profesionales, los políticos, los de vecinos, los logísticos, los escolares, grupos de amigos y algunos imposibles de clasificar. Todos cumplen una función. Algunos informan, otros entretienen y unos pocos desesperan a sus participantes. 

 

Los chats también tienen nombre. Suelen llevar el de una promoción escolar, una sociedad profesional, una empresa o una familia. En estos últimos, los apellidos se transforman en un “Clan”, “Tribu”, “Mafia”, “Gang”, o “La familia unida”. Los grupos etarios tampoco se quedan atrás, “70 y contando”, “Ochenta plus” y así van…

 

Yo participo en uno estrictamente logístico. Se llama Whisky@5.0 (revelador) y está conformado por trece compañeros de bachillerato que nos reunimos los miércoles a las cinco de la tarde (para aprovechar el happy hour) para tomar un güisqui en un botiquín cercano. Ahí tenemos reglas claras. Solo se usa para avisar quién no viene y para informar de algún funeral. Y está prohibido escribir pendejadas.

 

También estoy en el chat de la Sociedad Venezolana de Cirugía Bariátrica. Está integrado, en su mayoría, por cirujanos jóvenes. Es un chat fresco y vigoroso, donde se intercambian casi exclusivamente experiencias profesionales e información científica, con un genuino espíritu de apoyo mutuo.

 

Los chats en general son tribunas de expresión. Allí la gente busca ser escuchada. Los personajes son casi siempre los mismos. Después de los administradores, que ponen orden a veces expulsando a alguno por vulgar y/o grotesco, están los comentaristas políticos, los nostálgicos, los filósofos aficionados, los que cuelgan chistes malos (a veces no tan malos), los que informan y reenvían, y el que nunca escribe, pero lo lee todooo. 

 

Y no faltan los que utilizan los chats como una vitrina personal, para mostrar sus éxitos, los que, como dicen en Venezuela, “derrochan físico” …

 

Ah, y los saludadores profesionales que nunca descansan. No necesariamente forman parte de un chat. Los hay freelancers. Todos tenemos uno o varios dentro de nuestros contactos. Dan los buenos días y algunos con “dobletes” porque se reportan también en la tarde con las “buenas noches”. A veces arrancan a las 6 am con la foto del café humeante y el “Feliz lunes, martes y así hasta el domingo”. El viernes con la foto de las flores y el “feliz fin de semana”. Y el lunes, otra vez, con el “feliz comienzo de semana”. Igual con el mes. Y con el año sus triquitraques explotan en las pantallas. Son creativos. Otros son religiosos y no se pelan ninguna pascua, y son puntuales con el santoral. ¿Y los cumpleaños? No hay manera de olvidarse de ninguno si participan del chat.

 

Todos parecen tener la vocación inquebrantable de hacerse sentir. ¿O tal vez sea simplemente la vieja buena costumbre de saludar trasladada al mundo digital? Durante mucho tiempo pensé que esos mensajes eran inútiles, pero hoy no estoy tan seguro.

 

Y están los que convierten el chat en una casa de vecindad. Siempre tienen una foto familiar, un comentario o un chisme. Ellos cumplen una función al igual que los saludadores, generan interacción. El saludador dice “aquí estoy”, mientras que el chismoso pregunta “¿ya se enteraron?”

 

Recientemente decidí participar en el chat de mis compañeros de la escuela de medicina. Hay treinta y cinco miembros de entre una promoción de noventa, aproximadamente el 60 % de quienes aún sobrevivimos. Han transcurrido 58 años desde el primer día de clases y nuestra edad promedio ronda los 76 años. 

 

A la mayoría no la veía ni había tenido contacto con ella en más de 50 años. Me recibieron con cordialidad y calidez. Compartieron anécdotas, fotos y recuerdos muy gratos. Fue un ejercicio de memoria compartida. Fue un placer reencontrarse y redescubrirse. 

 

El 24 de junio un par de terremotos consecutivos asolaron a Venezuela. Repentinamente desaparecieron los saludadores, los humoristas y los comentaristas políticos. Los chats mostraron su mejor versión. La solidaridad entró en acción. Se convirtieron en redes de auxilio compartiendo información útil de todo tipo. 

 

En medio de la tragedia cumplieron una verdadera función social. Pero, tan pronto se superó la conmoción y pasó el susto, más no el luto, reaparecieron los protagonistas de siempre. Primero los políticos con sus análisis, luego los filósofos con mensajes reflexivos, los chismosos, y los que no fallan, los saludadores, transmitiendo ánimo y esperanza. Porque es así, la vida continúa y, poco a poco, todo vuelve a su rutina. Como en cualquier plaza pública…

 

En esa lucha de los viejos por no volverse invisibles, por no desaparecer, ¿los chats ayudan?

 

Creo que sí.

 

Los expertos recomiendan a las personas mayores socializar para envejecer bien. Mantener vínculos y participar contribuye a preservar las capacidades cognitivas y hace más lento el deterioro mental. 

 

Porque pareciera que, en la vejez, el silencio aísla. 

 

Los chats grupales de personas mayores no sustituyen un abrazo, una conversación frente a un café o un güisqui compartido. Pero mantienen vivos los vínculos. Son depósitos de memoria que generan solidaridad y fortalecen el sentido de pertenencia. 

 

Y, a cierta edad, eso también puede ser una manera de seguir viviendo…

 

 

Alberto Salinas

Escritor y cirujano en libre retiro 

Miami, julio del 2026







 



 

 

 

 

 

 

 


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