El remordimiento de París

El remordimiento de París 

Hay historias importantes que no han sido mal investigadas, sino que simplemente no han sido bien contadas. Aquí hay una historia humana que me atrapó. También hay unos mapas. Pero esos son la parte más fácil. 

Nueva York, martes 8 de febrero de 1944

En el piso 26 del Wall and Hanover Building, un elegante rascacielos de 37 pisos ubicado en el número 63 de Wall Street, un anciano abogado de ochenta y tres años terminaba de dictarle a su secretaria un memorando confidencial. Desde sus ventanas se extendía una amplia panorámica del puerto de Nueva York y del distrito financiero. Allí, en uno de los bufetes más prestigiosos del país, especializado en derecho corporativo internacional y arbitrajes, uno de los socios fundadores estaba a punto de dejar por escrito un episodio que había pesado sobre su conciencia durante los últimos cuarenta y cinco años.

Las paredes de la oficina estaban cubiertas por estanterías repletas de libros jurídicos. Gruesas alfombras amortiguaban el sonido de los pasos y los muebles de caoba reflejaban la reputación del bufete. Debajo de su escritorio, en un cajón con llave, depositó aquel memorando con una instrucción estricta: debía hacerse público después de su muerte.

¿Por qué un anciano, después de cuarenta y cinco años y dos guerras mundiales, quería revelar el secreto de un episodio en donde todos los protagonistas habían fallecido y los gobiernos involucrados ya no existían? ¿Qué secreto debía esperar hasta después de su muerte? ¿Quería poner su conciencia en orden antes de morir? ¿Pretendía cambiar la historia?

Apenas unas semanas antes, el gobierno de Venezuela le había conferido a Severo Mallet-Prevost una de las más altas distinciones del país en reconocimiento por los servicios prestados durante el arbitraje de París. Es imposible saber si aquella medalla le recordó la vieja deuda pendiente. Pero llama la atención que unas semanas después dejara por escrito un testimonio que llevaba guardando por casi cincuenta años.

El escenario de aquella historia no estaba en Wall Street. Estaba en una selva suramericana lejana cuya frontera natural era el río Esequibo…

París, 1899

Severo Mallet-Prevost tenía 33 años. Era un joven abogado especializado en derecho internacional. Había llegado a París en enero de 1899 para integrar la delegación que representaría a Venezuela en un litigio fronterizo de enorme trascendencia. 

Había nacido en Zacatecas, México. Su padre, un cirujano militar originario de Filadelfia y de ascendencia francesa, había servido durante la guerra entre México y Estados Unidos. Ejercía la medicina en Zacatecas, donde también fue cónsul estadounidense y se casó con la hija del gobernador. Tras vivir más de quince años en México, la familia se mudó a Filadelfia con sus diez hijos. Severo estudió primero Ingeniería de minas y luego derecho en la Universidad de Pensilvania. Dominaba a la perfección el inglés, el español y el francés, lo que, junto con su formación académica, lo convertía en el candidato ideal para aquella misión.

Desde su independencia hasta finales del siglo XIX, Venezuela no había logrado consolidar un poder central. El país se debatía entre caudillos militares, guerras civiles y crisis económicas. En las cancillerías de Europa y Estados Unidos era considerada una “republiqueta caótica e incivilizada”. Los diplomáticos venezolanos eran ignorados en las grandes capitales del mundo.

Antonio Guzmán Blanco, el “Ilustre Americano”, entre 1870 y 1888, logró una paz forzada y una modernización “afrancesada” (era su gusto) del país. En 1886 descubrió que, impulsada por la ambición del oro venezolano, Gran Bretaña había estirado “groseramente” en sus mapas oficiales la frontera oeste de la Guayana Inglesa, incorporando buena parte del estado Bolívar actual. A Guzmán Blanco no le gustaba que nadie lo menospreciara, y menos una potencia extranjera …


Decidió confrontar al imperio más poderoso del planeta. En diciembre de 1886, por medio de su canciller Diego Bautista Urbaneja, envió un ultimátum al gobierno británico en Londres:

“O retiran inmediatamente todos sus puestos policiales del territorio entre el río Pomerún y el río Orinoco, o Venezuela romperá toda relación diplomática con el Reino Unido”

Por supuesto, los ingleses ignoraron la amenaza y no retiraron ni un solo policía de los territorios ocupados. El 20 de febrero de 1887, el “Ilustre Americano” rompió relaciones con el Reino Unido, expulsó a sus diplomáticos de Caracas y cerró su embajada en Londres. Una decisión que seguramente produjo muy poca preocupación…

Venezuela decidió pedirle a Washington que aplicara la Doctrina Monroe, “América para los americanos”, bajo el argumento de: “Miren señores, el Imperio Británico está invadiendo militarmente un país americano para robarle oro y controlar el Orinoco; si ustedes no lo frenan, Europa volverá a colonizar el continente” …

Después de múltiples gestiones diplomáticas infructuosas, en 1895 el presidente estadounidense Grover Cleveland amenazó formalmente a Gran Bretaña con ir a la guerra si no aceptaba someter aquella frontera a un arbitraje internacional. En 1897 los británicos aceptaron el Tratado de Arbitraje de Washington, que establecía la celebración de un tribunal en París dos años más tarde y fijaba su composición.

Se designaron cinco jueces, dos de Gran Bretaña y dos de Estados Unidos, estos últimos en representación de los intereses de Venezuela. Todos eran miembros de las cortes supremas de sus respectivos países. Como quinto juez, “árbitro neutral”, “fiel de la balanza” y presidente del tribunal, fue nombrado el reconocido jurista y diplomático del imperio ruso, el profesor Friederich Martens. Por exigencia británica, Venezuela quedó excluida del tribunal y no tuvo ningún juez propio.

El mandato encomendado a estos cinco jueces fue establecer la línea divisoria definitiva entre los Estados Unidos de Venezuela y la colonia de la Guayana Británica con base en “los argumentos históricos, geográficos y jurídicos que presentarían ambas partes”.

Un año antes, por recomendación de un exembajador norteamericano en Venezuela, Joaquín Crespo había contratado al abogado Severo Mallet-Prevost para que colaborara en la preparación del arbitraje. Su trabajo fue tan destacado que, al año siguiente, en 1897, Crespo lo incorporó a la delegación de cuatro miembros que Venezuela enviaría al tribunal de París. Pero, por brillante que fuera Mallet-Prevost, el país necesitaba, además de él, una figura de prestigio internacional. El elegido fue el prominente abogado y expresidente de los Estados Unidos Benjamín Harrison.

En febrero de 1898, Ignacio Andrade sucedió a Joaquín Crespo en la presidencia de la República y ratificó los poderes conferidos a Harrison y a Mallet-Prevost para continuar la representación de Venezuela ante el tribunal arbitral.

En junio de 1899, en la margen del río Sena, frente al Jardín de las Tullerías y la Plaza de la Concordia, en la sede del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, quedó instalado el Tribunal de Arbitraje. En el centro de la sala se sentaron los cinco jueces que decidirían el destino de un vasto territorio. A cada lado se ubicaron cuatro abogados norteamericanos, entre ellos Mallet-Prevost, en representación de Venezuela, y cuatro británicos. 

Antes de llegar a cualquier veredicto tendrían que recorrer la historia de aquella frontera …

El camino hasta el Sena

Los Reyes Católicos, para evitar una guerra naval con el poderoso reino de Portugal, firmaron en 1494 el Tratado de Tordesillas, con la bendición posterior de la Iglesia Católica. Allí, en Tordesillas, con una facilidad pasmosa, se dividieron el mundo en dos mitades. Trazaron una línea meridiana de polo a polo y decidieron que todo lo que se descubriera al oeste de esa línea pertenecería a la Corona española. Allí quedaba el continente americano. Todo lo que se descubriera al este de la línea pertenecería a Portugal. Sin que ninguno de los dos lo supiera al momento de la firma, a los portugueses les correspondió la punta oriental de Suramérica, que luego se convertiría en Brasil.

A las demás potencias europeas, que empezaban a crecer, el tratado les pareció ridículo. Francisco I de Francia dijo, “me gustaría ver la cláusula del testamento de Adán que me excluye del reparto del mundo” …

En cuanto tuvieron suficiente poder militar, ingleses, franceses y holandeses se “cargaron” el Tratado de Tordesillas y comenzaron a ocupar territorios en Norteamérica, el Caribe y en la llamada “Costa Salvaje”, la de Guayana. Los españoles la bautizaron así por sus extensos pantanos, selvas tupidas y ríos difíciles de navegar. Además, las tribus caribes de la zona opusieron feroz resistencia. Tampoco encontraron el ansiado oro. España decidió no establecer asentamientos permanentes en esa región. 

Y entonces llegaron los holandeses…

Los neerlandeses establecieron su primer asentamiento permanente en el río Esequibo en 1616, cuando los Países Bajos todavía eran parte del Imperio español, aunque estaban en plena rebeldía. El intento de Felipe II de eliminar la autonomía de aquellas provincias desató en 1568 una guerra que duró ochenta años. Al firmar la paz en 1648, con el Tratado de Münster, España reconoció la soberanía de los Países Bajos sobre los territorios que ya tenían poblados para ese momento.

La historia de la Guayana gira alrededor de tres ríos que corren paralelos de sur a norte desde el Macizo Guayanés hasta el Atlántico: el Berbice, el Demerara y el Esequibo. La Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales operaba en las cuencas de esos tres ríos. Aquellos territorios pasaron al dominio holandés.

El Tratado de Münster les legalizó la propiedad sobre aquellos asentamientos, pero no definió dónde terminaban. No especificaba que el límite occidental fuera el río Esequibo. Y esa omisión sembró la semilla del conflicto que, dos siglos y medio después, llegaría hasta París…

Venezuela 

En 1777, la Corona española, tratando de reorganizar sus territorios americanos, creó mediante una real cédula la Capitanía General de Venezuela. Allí sí quedó establecido que la frontera oriental entre las posesiones españolas y las neerlandesas era el río Esequibo, desde su nacimiento hasta su desembocadura en el océano Atlántico. Los ríos eran las fronteras naturales de los imperios, fáciles de reconocer y difíciles de borrar.

Poco tiempo después, Napoleón se antojó de conquistar Europa. Durante las guerras napoleónicas (1799-1815), Francia invadió los Países Bajos y los convirtió en un Estado satélite. Gran Bretaña, en guerra con Francia, ocupó en 1803 los asentamientos coloniales holandeses de Berbice, Demerara y Esequibo para impedir que cayeran bajo el control francés. 

Una vez derrotado Napoleón, las potencias europeas se reunieron para reorganizar el mapa de los territorios conquistados. El 13 de agosto de 1814, Gran Bretaña y los Países Bajos firmaron el Tratado de Londres. Los británicos devolvieron la colonia de Surinam y conservaron la soberanía sobre Berbice, Demerara y Esequibo, colonias que más tarde unificaron en una sola entidad llamada Guayana Británica. 

Pero había un pequeño detalle. Ese tratado tampoco fijó el río Esequibo como frontera occidental. Gran Bretaña heredó, muy convenientemente, la misma omisión y ambigüedad que los holandeses habían heredado de España en 1648.

Los británicos, al igual que los holandeses, avanzaron y establecieron redes comerciales en las cuencas de los ríos Pomerún y Moruca, ríos paralelos ubicados al oeste del Esequibo.

Después de la independencia de la Gran Colombia en 1821, reconocida por el Reino Unido, Simón Bolívar presentó en 1822 la primera protesta diplomática ante el gobierno británico:

Los colonos de Demerara y Berbice tienen usurpada una gran porción de tierra que, según los últimos tratados entre España y Holanda, nos pertenecen de este lado del Río Esequibo… Que dichos colonos se pongan bajo jurisdicción y obediencia de nuestras leyes o se retiren a sus antiguas posesiones”.

La pretensión de Bolívar se basaba en el principio jurídico universal del “Uti possidetis iuris”, “como poseéis conforme al derecho, así poseereis”. En consecuencia, la Gran Colombia, y posteriormente Venezuela, heredaban cada centímetro del territorio que le correspondía a España en el momento de su independencia.

En 1830 se disolvió la Gran Colombia y nació la República de Venezuela. El nuevo gobierno era débil, estaba endeudado y enfrentaba continuas guerras civiles. Aun así, el comercio en el Orinoco entró en auge, y comenzaron los rumores de la fiebre del oro. Los británicos sabían y querían fijar una frontera ventajosa definitiva antes de que Venezuela se estabilizara.

Y trajeron a Schomburgk…

Un cartógrafo podía avanzar en donde un ejército provocaría una crisis …

Robert Schomburgk nació en Friburgo, Sajonia, en 1804. Era botánico y explorador. Había fracasado en sus negocios en Europa y América. En 1831 exploró por su cuenta la isla de Anegada, en las Antillas, lo que le dio cierta reputación científica en círculos británicos. En 1835 la Real Sociedad Geográfica de Londres lo comisionó para explorar el interior de la Guayana Británica.

Tomando como punto de partida el río Esequibo, Schomburgk reconoció como británica una pequeña franja de 4.920 km2 situada al oeste del río, basándose en las viejas rutas comerciales holandesas y en los asentamientos de las cuencas de los ríos Pomerún y Moruca. Por cierto, en ese viaje describió para el público británico una planta flotante gigante típica del Amazonas, a la que llamó Victoria regia en honor a la Reina Victoria…

Schomburgk regresó a la Guayana Británica en 1840. Esta vez había sido contratado directamente por la Corona británica como “Comisionado de su Majestad para la Delimitación de las Fronteras de la Guayana Británica”. Ya no iba a recolectar plantas. Su misión era trazar una frontera oficial que asegurara a Gran Bretaña la mayor cantidad de territorio posible antes de que Venezuela y Brasil pudieran establecer una presencia efectiva en la región. Querían el control de las vías fluviales.

En esta ocasión no solo dibujó líneas sobre un papel. También clavó postes en la selva con las iniciales de la Reina Victoria para señalar la demarcación. El primer poste lo colocó en Punta Barima, muy cerca de la desembocadura del río Amacuro en la boca del Orinoco. Continuó hacia el sur, hasta el monte Roraima, anexando 142.000 km2 de territorio a la Guayana Británica.

La noticia provocó un escándalo en Venezuela. La prensa local estalló con furia, “clavar un poste colonial en la desembocadura de la principal arteria fluvial del país”, “un atentado intolerable” …  El asunto de los postes se convirtió en un punto de honor nacional. Transcurría el año 1841 y el presidente José Antonio Páez actuó con rapidez. 

Ese mismo año, Páez envió con urgencia a Londres al diplomático Alejandro Fortique a presentar una protesta formal ante la corte de la reina Victoria. Su gestión fue tan enérgica que, en 1842, los británicos retiraron los postes. Pero aclararon convenientemente que Schomburgk los había colocado únicamente como referencia geográfica y no como un acto de posesión política. Para entonces, los mapas oficiales ya estaban hechos.

Alejo Fortique continuó unas negociaciones que parecían avanzar por buen camino hasta que, en octubre de 1845, falleció repentinamente. Tenía apenas 48 años. Las conversaciones se suspendieron. Poco después estalló la Guerra Federal y el conflicto quedó congelado por décadas.

En 1886, gracias al descubrimiento de grandes depósitos de oro en la zona, los británicos desempolvaron los viejos mapas de Schomburgk, fallecido veintiún años antes, y estiraron aquella línea todavía más hacia el oeste. La nueva demarcación salía de la desembocadura del río Amacuro en el Orinoco, pasaba muy cerca de Upata e incluía a Guasipati, El Callao, Tumeremo y “el tomorrow night”, o sea, El Dorado, hasta Las Claritas. En total se anexaban 203.000 km2, además del control de la margen sur del Delta del Orinoco.

Y ese fue el mapa que desató la otra furia, la del Ilustre Americano…

El Tribunal de Arbitraje 

Después de escuchar los alegatos de ambas partes, el tribunal dictó el 4 de octubre de 1899 un laudo unánime, sin exponer los fundamentos de su decisión. Venezuela reclamaba que su frontera estaba en el río Esequibo. Gran Bretaña defendía el último mapa de Schomburgk, con la demarcación extendida desde la desembocadura del Orinoco incluyendo buena parte del actual estado Bolívar.

La nueva línea limítrofe concedió a Gran Bretaña el noventa por ciento del territorio en disputa. La boca del Orinoco y una región de unos ocho mil km2 en las cabeceras del Orinoco fueron reconocidas a Venezuela. Como resultado, Venezuela perdió 159.000 km2 de tierras al oeste del río Esequibo.

En Venezuela hubo estupor e indignación. En Londres, alegría por un triunfo diplomático.

Pocas semanas después del laudo, Cipriano Castro derrocó al presidente Ignacio Andrade. Entre 1901 y 1903 estalló la última guerra civil. La ganó el gobierno, poniendo fin al caudillismo. Simultáneamente en 1903 las flotas de Gran Bretaña, Alemania e Italia bloquearon el puerto de La Guaira para cobrar sus deudas. En 1908, Castro se fue a Berlín para operarse de una fístula rectovesical y, durante su ausencia, su compadre y vicepresidente, Juan Vicente Gómez le dio un golpe de Estado. 

En 1914 reventó el pozo Zumaque I y Venezuela dejó de ser una economía rural dependiente del café y del cacao para convertirse en un país petrolero. Con Eleazar López Contreras se inició la modernización del Estado. En 1947, por primera vez, los venezolanos eligieron por voto universal, directo y secreto a un escritor como presidente del país. Fue derrocado nueve meses después, en 1948, el mismo año en que también falleció Severo Mallet-Prevost …

El memorando póstumo 

Luego de la muerte de Mallet-Prevost, a los 88 años de edad, el 10 de diciembre de 1948 en Nueva York, su socio y amigo Otto Schoenrich, cumpliendo su última voluntad, abrió aquel cajón debajo de su escritorio y tomó el manuscrito del memorando redactado cuatro años antes. Lo envió para su publicación a la revista jurídica The American Journal of International Law. Apareció en la edición de julio de 1949 bajo el título de “La disputa fronteriza entre Venezuela y la Guayana Británica”.

Mallet-Prevost relataba que, terminados los alegatos a principios de septiembre de 1899, el tribunal levantó las sesiones para deliberar. Una tarde recibió un mensaje de los dos árbitros estadounidenses, Melville Fuller y David Brewer, pidiéndole que se reuniera con ellos. Brewer, alterado, fue directo al punto:

“Ya no sirve de nada mantener esta farsa pretendiendo que somos jueces y que usted es abogado” 

Martens, el árbitro ruso y presidente del tribunal, les había comunicado que los dos jueces británicos estaban listos para decidir a favor de la Línea de Schomburgk que partía de Punta Barima y entregaría a Gran Bretaña el control de la boca principal del Orinoco. Si Fuller y Brewer insistían en comenzar la frontera en el río Moruca, él, Martens, se pondría del lado de los británicos.

Continuó el relato diciendo que Martens estaba ansioso por obtener una decisión unánime y les propuso una línea que comenzara en la costa, a cierta distancia al sureste de Punta Barima, de manera que Venezuela pudiera conservar la boca del Orinoco y unas cinco mil millas cuadradas a su alrededor. Él se encargaría de convencer a los jueces británicos de aceptarla.

Mallet-Prevost se lo comunicó inmediatamente al expresidente Harrison quien, como jefe de la representación legal venezolana, debía decidir la posición a adoptar ante la propuesta de Martens. Indignado, su primera reacción fue la de pedirles a los jueces Fuller y Brewer que presentaran una opinión disidente. Pero luego, más calmado y desde un punto de vista práctico, le dijo: 

“Si algún día se supiera que estuvo en nuestras manos conservar la desembocadura del Orinoco para Venezuela y que no lo hicimos, nunca se nos perdonaría; no veo nada que Fuller y Brewer puedan hacer más que estar de acuerdo” …

La decisión que se dictó en consecuencia fue unánime. Según Mallet-Prevost, aunque Venezuela conservó el punto más estratégico en disputa, también fue privada de una enorme extensión de territorio sobre la cual Gran Bretaña no tenía ni la más mínima “sombra” de un derecho. La alternativa hubiera sido concederle a Gran Bretaña la boca del Orinoco, El Callao “included”, mediante una sentencia dividida que hubiera tenido la misma validez.

Venezuela aceptó el laudo arbitral pero nunca expresó su conformidad. Denunció irregularidades desde el mismo momento de la sentencia. Había sospechas de una componenda geopolítica en la decisión, el reparto de Asia Central entre Rusia y Gran Bretaña. Rusia habría utilizado el voto decisorio de Martens a favor británico a cambio de que Londres le permitiera al imperio zarista extenderse en Afganistán, Persia (Irán) y el Tíbet.

Dos “curas”, los espías de la cancillería 

La publicación del memorando en julio de 1949 cayó como una bomba atómica diplomática después de cincuenta años de silencio. Era el testimonio de uno de los protagonistas, según el cual el laudo había sido consecuencia de una componenda y eso permitió a Venezuela cuestionar su validez y considerarlo nulo o “írrito”. Los británicos se defendieron diciendo que aquel memorando no era ninguna prueba y que solo se trataba de memorias tardías de un viejo abogado resentido por haber perdido el caso en 1899.

Desde ese momento el Estado venezolano retomó una causa que hasta entonces consideraba inapelable. La política oficial de nuevo asumió la disputa en foros internacionales. Pero para eso necesitaba pruebas adicionales …

Dos sacerdotes jesuitas, Pablo Ojer Celigueta y Hermann González Oropeza, habían realizado entre 1951 y 1956 investigaciones sobre la reclamación del territorio del Esequibo en los archivos británicos. 

Para no levantar sospechas en Londres, los padres se habían presentado como eruditos religiosos e historiadores católicos que realizaban investigaciones académicas sobre las misiones coloniales. Los hábitos sacerdotales les abrieron las puertas de los archivos y de los archivistas ingleses. Pasaron desapercibidos por meses mientras transcribían y fotografiaban cables diplomáticos, mapas y minutas sensibles, cuya reproducción estaba expresamente prohibida. Mientras uno entretenía al personal, el otro tomaba fotos con cámaras de microfilm. Con una lupa de alta precisión, Ojer descubrió cómo habían raspado la tinta de los mapas originales de Schomburgk y habían trazado las nuevas líneas extendidas hasta las minas de oro. Encontraron minutas que respaldaban la teoría del pacto ruso-británico. Casi simultáneamente, González Oropeza tragaba polvo en los viejos archivos de las misiones capuchinas españolas en el Vaticano para demostrar el control colonial de España sobre el territorio del Esequibo.

El canciller Marcos Falcón Briceño sorprendió a la comunidad internacional al presentar, el 12 de noviembre de 1962, ante la Comisión Política de la Asamblea General de la ONU un informe que pretendía probar la nulidad del laudo. Fue contundente y logró reabrir el caso.

En diciembre de 1962, Rómulo Betancourt se encontraba en Maracaibo inspeccionando las obras del puente sobre el lago. Su ministro de Obras Públicas le hizo saber, casualmente, que conocía a un padre jesuita que había realizado importantes investigaciones sobre la historia de Guayana y que en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) existía “documentación acopiada vinculada con la reclamación del Esequibo”. Al escuchar el nombre del padre Pablo Ojer Celigueta, el canciller Falcón, presente en ese momento, dijo conocerlo. Inmediatamente Betancourt lo instruyó, “cuando llegues a Caracas lo llamas” 

El padre Ojer fue convocado a la cancillería junto con el padre González Oropeza, ambos profesores de la UCAB. Fueron “reclutados” para viajar en secreto a Europa. Iban a operar con extrema discreción bajo la dirección directa de Rómulo y de su canciller.

En la primera reunión técnica, en 1963, la presencia de dos curas vestidos con rigurosas sotanas negras de la orden jesuita, en contraste con sus homólogos ingleses y su estricto código formal de trajes bien cortados y corbatas oscuras, produjo un impacto psicológico en la sala. Lejos de verse intimidados, utilizaron su vestimenta religiosa como símbolo de seriedad y de condición académica. Rápidamente los diplomáticos británicos descubrieron que debajo de esos hábitos traían un baúl cargado de pruebas documentales históricas y cartográficas.

En las reuniones sucesivas presentaron, entre muchas otras evidencias, los mapas adulterados y los microfilms extraídos de los propios archivos en Londres. Después de verse confrontados con sus propios documentos coloniales oficiales, el gobierno británico firmó en Ginebra, en 1966, un acuerdo en el que reconocía formalmente que existía una controversia y que debía resolverse.

Por cumplir con su misión, los sacerdotes Ojer y González recibieron la Orden del Libertador y fueron reconocidos como “los hombres del canciller” …

Después del Acuerdo de Ginebra ha habido comisiones mixtas, protocolos, buenos oficios, cortes internacionales… y seguimos igual.

Reflexiones finales, y muy breves

¿Qué da derecho a una tierra? ¿La historia o la ocupación?  Se pueden tener derechos históricos, pero no se puede negar la existencia de quienes la han ocupado durante generaciones. ¿Cuántos venezolanos tienen familiares enterrados en el Esequibo? No está fácil…

La soberanía se ejerce con presencia civil y militar, algo que nunca se pudo mantener de manera efectiva en el territorio reclamado. Venezuela se comportó en buena parte de su historia como un país débil, dividido, inmerso en guerras civiles, incapaz de hacer frente a una potencia extranjera.

“¡Bochinche, bochinche! Esta gente no sabe hacer sino bochinche” …   Atribuida a Francisco de Miranda 

El episodio de los curas demostró que cuando los venezolanos se lo proponen, pueden organizar muy bien cualquier bochinche…

Severo Mallet-Prevost, al disponer que su testimonio se hiciera público después de su muerte, se aseguraba de no tener que responder por él. Quizás descargaba un sentimiento de culpa y complicidad y evitaba, a la vez, demandas por difamación o por violación de la confidencialidad arbitral. 

¿Cambió el curso de la historia? 

Yo diría que sí.

Alberto Salinas
Escritor y cirujano en libre retiro 
Miami, 12 de agosto de 2026



     “Un bar del Folies-Bergère”, Édouard Manet, 1882

PD: Antonio Guzmán Blanco, el “Ilustre Americano”, fue un personaje modernizador y culto, pintoresco por su vanidad y su obsesión por todo lo francés. Pasaba largas temporadas en París. No cuesta imaginarlo como un habitué del Folies-Bergère …





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