El verdadero creyente

 El verdadero creyente también va al estadio …

Del infarto de un “hincha” a la movilización de las masas


Es un domingo. Son las cinco de la tarde y se juega la final de un mundial de fútbol. 


Un hombre de 58 años, obeso, fumador, con varias cervezas encima y vestido con la camiseta de su selección, sigue el partido frente al televisor.


El marcador está 1 a 1. 


En el minuto 89, el delantero de su país marca el gol del desempate. Corre hacia la tribuna dándose golpes de pecho con fuerza. Sus compañeros se abalanzan sobre él en una celebración desenfrenada. 


Repentinamente, el hombre frente al televisor también se lleva las manos al pecho. Pero no para celebrar, sino por un dolor retroesternal opresivo severo que lo obliga a inclinarse hacia delante. Palidece y suda profusamente.


Su esposa llama a una ambulancia. A los pocos minutos se ponen en marcha hacia el hospital. En el camino los carros con las banderas de los países que juegan la final, ondeando por las ventanas, se apartan para abrirles paso. 


En la sala de emergencia, los televisores de los cubículos de pacientes están encendidos. Todos están pendientes de los minutos finales del partido. Alguno que otro médico asiste a alguien con un un ojo puesto en el enfermo y el otro en la televisión (y que algún colega me diga que eso nunca ocurre).


El médico que los recibe concentra toda su atención en él. Tiene un infarto agudo del miocardio en evolución…


¿El fútbol mata?


No, pero las emociones que desencadena pueden hacerlo.


La escena anterior no es una simple fantasía, podría ocurrir en cualquier país del mundo. Durante las últimas dos décadas varias publicaciones científicas han demostrado que durante los principales torneos de fútbol se pueden duplicar y hasta triplicar la tasa de emergencias cardiovasculares. Y el mayor riesgo ocurre ¡durante los penaltis!


El 22 de junio de 1996 la selección de Holanda fue eliminada por Francia en los cuartos de final de la Eurocopa. Ese día se registró en ese país, un incremento del 51 % de la mortalidad por infarto agudo de miocardio y accidentes cerebrovasculares en hombres mayores de 45 años. Dos años más tarde cuando Inglaterra fue eliminada del mundial por Argentina en una tanda de penales, la hospitalización por infartos agudos subió 25 % en todo el Reino Unido.


En Alemania, durante la final del 2014 en Brasil, entre Alemania y Argentina, se batió el récord de mayor mortalidad por ataques cardíacos en un día, después de un partido que se decidió a favor de Alemania en una prórroga dramática.


Todos los análisis publicados en la literatura médica demuestran una asociación significativamente mayor de eventos cardiovasculares, fatales y no fatales, con partidos de fútbol cargados de mucha emoción. En estos casos el “gol” es un estímulo que activa al Sistema Nervioso Central para que mande una señal a las glándulas suprarrenales y produzcan mayores cantidades de adrenalina, noradrenalina y cortisol. Como consecuencia de ello, aumentan la frecuencia cardiaca, la presión arterial y la demanda de oxígeno del miocardio. Además, provocan espasmos en las arterias coronarias, desprendimiento de placas de arteroesclerosis y la formación de trombos. Toda esa combinación es mas que suficiente para desencadenar, en alguien con predisposición, un infarto agudo o una arritmia cardíaca potencialmente fatal. 


Pero el componente individual de la escena no es lo que me inquieta. A fin de cuentas, sabemos que el que compra los tickets de la obesidad, diabetes, hipertensión arterial, tabaquismo y estrés, tiene ganada la rifa del infarto o de algún accidente cerebrovascular en su futuro.


Es la parte colectiva la que me perturba. Que una emoción compartida pueda alterar el comportamiento de miles o incluso, de cientos de miles de personas, es lo difícil de comprender. 


La conducta del goleador, a veces soberbia, golpeándose el pecho en un gesto que le insinúa al rival “te derroté”, junto con la celebración desenfrenada, eufórica, casi tribal del resto del equipo, puede generar en algunos “hinchas”, una reacción que deja de ser deportiva, para transformarse en agresividad, violencia y fanatismo. A ese gesto desafiante y vanidoso en Venezuela lo llaman “perreo”, que, por cierto, no es muy bien recibido por los venezolanos. Allá, cuando un pelotero batea un jonrón, le da la vuelta al cuadro con humildad, alegría y agradecimiento al público por la ovación…


El fanatismo 


En la escena los enfermos se olvidan por momentos de sus males y miran la TV. Los médicos y enfermeras en medio de la atención también lo miran.  No me molesta la pasión. Me molesta el momento en que la pasión da paso al fanatismo.


Según la definición moderna, el fanatismo es la adhesión absoluta e irracional a una idea, causa, persona o grupo, hasta el punto de perder la capacidad de cuestionarla o de respetar a quien piensa distinto. Las masas que mueve el fútbol se forman por gente que comparte una identidad familiar, el mismo sentido de pertenencia, por tradición y en algunos casos por barras coercitivas, facistoides, que refuerzan esa conducta.


“Los movimientos de masas pueden surgir y expandirse sin creer en Dios, pero nunca sin creer en un Diablo” … Eric Hoffer, “El verdadero creyente”


Eric Hoffer fue uno de los pensadores norteamericanos más influyentes del siglo XX. Fue un obrero portuario durante muchos años en San Francisco, sin ninguna educación formal. En su libro, The True Believer (“El verdadero creyente”), publicado en 1951 expuso ideas que aunque generaron intensos debates, han sido aceptadas como referencias obligadas para comprender el fanatismo.


Él planteó que los movimientos de masas se basan en la identidad colectiva, el sentido de pertenencia, la fusión del individuo con el grupo, la necesidad de un adversario y la exaltación emocional. Todos ellos encajan perfectamente con el fútbol. Ahí la idea es ganar. El yo desaparece y se convierte en nosotros. El “diablo” es el adversario, al que también hay que sumarle el árbitro. Y el sentido de pertenencia, amplificado por el nacionalismo, es el combustible. De la exaltación emocional, nada que decir, los países se paralizan durante la final de un Mundial…


Pero cuando el rival deja de ser un adversario y se convierte en un enemigo real y moral, el fútbol deja de ser un juego y desata el fanatismo, y a veces muy violento. Cada vez que Boca Juniors juega un Súperclásico contra River Plate, Argentina despliega un gigantesco operativo de seguridad. Por años los choques entre las “barras bravas” han dejado muertos y heridos. Europa no se queda atrás. Los hooligans ingleses y los ultras italianos han protagonizado batallas campales dentro y fuera de los estadios. 


En el béisbol venezolano, que es el deporte nacional, en un Caracas-Magallanes, hay pasión, y tambores, pitos y trompetas. La violencia no va más allá de un baño de cerveza arrojada desde las gradas si tienes la “suerte” de estar sentado cerca de un dogout …


Cuando la pasión deportiva degenera en fanatismo, no solo en el estadio pueden aflorar prejuicios latentes como el racismo y la xenofobia. El fútbol en sí no es peligroso, pero es capaz de generar una emoción colectiva de tal magnitud que puede convertirse en una chispa para desencadenar un conflicto internacional o hasta una guerra, como ocurrió entre Honduras y El Salvador en 1969. 


Mariano Rajoy ocasionó un impasse con Francia por decir que los jugadores de ese país no eran franceses en clara alusión a sus orígenes multiculturales y africanos. Sus comentarios fueron tachados de racistas por el gobierno francés. La vicepresidenta de Argentina después del reciente partido contra Inglaterra dijo “jugamos contra los piratas usurpadores” … ¡Que tal!


Moraleja 


En el deporte hay que aprender a perder sin odiar al adversario. Porque el día en que el rival se convierta en un enemigo el deporte habrá perdido su esencia, que es competir con intensidad y con respeto.


La pasión por un equipo no debe nublar nuestro juicio. Cuando eso ocurre, deja de ser pasión y se convierte en fanatismo. 


Nada justifica que una pasión deportiva termine en violencia, intolerancia, o xenofobia.


Y que este domingo en la final entre España y Argentina, ¡gane el mejor!



Alberto Salinas

Escritor y cirujano en libre retiro

Miami, 16 de julio de 2026





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