La trampa del papelito
“Diviértase y sonría
con la Feria de la Alegría” …
Recuerdo nuestras clases magistrales de ciencias básicas, hace 57 años, en el auditorio de nuestra escuela de medicina, en la plaza San Lorenzo. Éramos más de cien alumnos para apenas cien asientos agrupados en filas escalonadas.
Abajo, en los primeros puestos, se sentaban los alumnos más aplicados. A medida que se subía, el desorden aumentaba. Los peor comportados ocupaban los puestos de arriba (yo me sentaba por ahí). Y qué decir de los que llegaban tarde y se quedaban parados en la entrada porque no encontraban dónde sentarse. Esos que, mientras esperábamos al profesor, apagaban las luces para generar caos…
Recuerdo particularmente un papelito doblado que despachaban desde aquellas últimas filas en plena clase. Decía:
“Demuestra con una sonrisa que eres marico”
El papelito lo pasábamos discretamente de mano en mano. Desde los últimos puestos se dominaba todo el panorama. Quienes lo habían leído seguían atentos a la reacción de los demás. Después de leerlo, algunos “enrojecían”. Unos muy serios lo cerraban sin el menor gesto. Otros hacían un esfuerzo máximo por contener la sonrisa. También estaban los que, sin inhibiciones, se mataban de la risa. Y, por supuesto, quienes, en conocimiento previo de la emboscada, lo pasaban al de al lado como si nada.
Era una trampa sin salida. Fuera cual fuera tu reacción, siempre caías en ella:
“Si no eres pato, estás cerca de la laguna” …
Las compañeras, siempre mejor comportadas, se mantenían al margen, salvo como víctimas ocasionales…
La trampa era indudablemente homofóbica y casi todos (¿o todos?) nos divertíamos viendo las caras de los que leían el papelito. Pero solo podía ser graciosa en una sociedad en la que ser homosexual se consideraba motivo de burla. Nosotros éramos jóvenes, imprudentes y, a veces, rudos. Éramos una muestra bastante representativa de nuestra época.
“Las bases sólidas de nuestra visión del mundo se forman en los años de la infancia. Más tarde, esa visión se elabora y perfecciona, pero no se modifica esencialmente” … Arthur Schopenhauer
Si Schopenhauer tenía razón, aquellos muchachos de dieciocho a veinte años no desaparecieron. Evolucionaron sobre una buena base, obtuvieron sus títulos, trataron y operaron a miles de pacientes.
Hoy día, casi seis décadas después, somos médicos ilustres, septuagenarios tolerantes, inclusivos, abuelos respetables que reparten bendiciones, abrazos, mensajes de fraternidad y de buena voluntad.
¿Nos convertimos con los años en seres inclusivos y bondadosos? ¿Se nos bajó la testosterona y se nos subió la reflexión? ¿Cambiamos nosotros? ¿Cambió la sociedad?
Probablemente, todas las anteriores.
Hoy sabemos que una sonrisa no revela la orientación sexual de nadie. A lo sumo, nos sirve para entender el cuento del papelito.
¿Y las palabras?
La palabra “marico” también cambió. Ya no necesariamente define una orientación sexual, ni es un insulto. Puede ser un saludo, una muestra de afecto o el anuncio de un chisme, “Marico, si supieras lo que me pasó”, o de alguna tragedia, “Marico, tengo cáncer de próstata”. Entre venezolanos, el significado depende menos de la palabra que del tono con que se diga.
A fin de cuentas, la joven lingüista Miliber Mancilla lo resume muy bien.
“Ahora maricos somos todos”
Alberto Salinas
Miami, 17 de septiembre de 2026
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