Un cirujano en el banquillo mediático y judicial

 Un cirujano en el banquillo mediático y judicial

La promoción médica a través de las redes sociales es un fenómeno que comenzó a extenderse después de 2010. Hasta ese entonces la publicidad era muy mal vista por el gremio. Dar una entrevista a algún medio de comunicación, por muy seria que fuera, significaba un pase al tribunal disciplinario de la sociedad respectiva para recibir, como mínimo, una amonestación. Lo intentaron conmigo en una ocasión, pero no pudieron…

Soy de la generación que engrandecía su consulta gracias a la buena reputación y a las referencias de colegas médicos y, sobre todo, al “boca a boca” entre pacientes operados. La misma que pensaba que un caso malo pesa más que mil casos buenos.

Practiqué mi primera gastroplastia vertical en el año 1985, mi primer bypass gástrico en 1990 y el primero por laparoscopia en el 2001. Tuve tropiezos en todas las etapas. Al principio, durante los tiempos de la cirugía gástrica restrictiva, algo totalmente desconocido en la comunidad, prácticamente uno de cada dos pacientes complicados ponía una denuncia en una fiscalía. No aceptaban complicaciones, que eran perfectamente previsibles. Decían que entraban al hospital caminando, “con apenas unos kilos de más”, cuando todos sabíamos que se trataba de una población enferma de alto riesgo quirúrgico. Afortunadamente, en esos primeros 400 casos tuvimos solo 5 complicaciones mayores y “solo” dos demandas.

Hubo algunos escándalos por casos esporádicos en el interior del país que, sin relación causal, también me salpicaban a mí. Las grandes redes sociales de entonces eran la prensa escrita y, sobre todo, la televisión que, afortunadamente, no era fácil de utilizar para desprestigiar a un médico. Al principio de la década de los 90 había una periodista que rompía todos los ratings en RCTV con un programa matutino en vivo, “A puerta cerrada”. A la entrada del estudio, una mañana, invitado junto con un grupo de pacientes, me negué a participar porque reconocí entre los presentes a un grupo familiar que iba a denunciar a un colega del interior del país por una paciente fallecida. Simplemente no quise asociar mi imagen con un escándalo médico-legal ajeno ni tampoco me pareció correcto contribuir a ello.

La indignación de la conductora, que además vivía un período estelar, fue inmediata.

“Yo vine a divulgar los beneficios de un tratamiento médico, no a poner denuncias”.

“Doctor, yo no le digo cómo hacer su trabajo y Ud. no me diga cómo hacer el mío”.

Y se suspendió el programa. Discutir con ella tuvo un efecto pernicioso igual al que tendría hoy en día argumentar con un aporreador de las redes sociales. Por dos semanas consecutivas, cada mañana, ante un gran público televidente, habló sobre las mafias médicas y sobre cómo nos cubríamos las espaldas en “nuestras prácticas criminales”. Pidió a sus seguidores llamar al estudio para recoger denuncias y presentarlas por televisión. Yo pensé que más nunca iba a poder trabajar.

Llegó el día del programa especial para destapar “la olla de complicaciones”. No había ningún médico presente. Recibió a 25 de mis pacientes operados y solo 5 denunciantes. Un caso correspondía al grupo familiar que desató la disputa original, otro era mío y tres eran de otros colegas. Para atacar, la presentadora se comunicó por teléfono en directo con una prima suya operada en Canadá, desnutrida, que tenía una severa diarrea crónica posterior a un “bypass yeyunoileal”, un procedimiento muy diferente al que se presentaba. Mis pacientes, un grupo espléndido, con excelentes pérdidas de peso y sin ninguna evidencia de desnutrición, se encargaron de explicar lo que era un “bypass gástrico proximal”. Más de la mitad del tiempo del programa fue usado por los 5 denunciantes, en perjuicio de los 25 que estaban bien.

Aquellos días fueron turbulentos. Pero también recibí muchas llamadas solidarias de pacientes operados que estaban muy agradecidos con los resultados, y su apoyo me permitió continuar con mi ejercicio. Con los años descubrí que una buena trayectoria soporta los casos malos previstos dentro del armamentario quirúrgico.

Alcancé a practicar cerca de 6 mil procedimientos bariátricos. La morbilidad general fue de entre el 2,5 y el 3,5 %. Tuve 8 muertos y 5 denuncias en la fiscalía (dos por pacientes fallecidos y tres por pacientes complicados). De ellas, solo una prosperó, donde no tuve ninguna responsabilidad, pero por la cual, estuve sometido a una extorsión judicial por un período de 8 años, hasta el 2015. Los abogados no descansan porque en diciembre de 2022, 15 años después de ocurrido el hecho y con una causa claramente prescrita, reabrieron el caso ante un tribunal civil (porque allí “todo se puede”), alterando la paz de mi retiro. La demanda todavía se mantiene activa al día de hoy.

Aprendí algunas lecciones durante todo ese proceso. La mayoría de los médicos se asustan ante una demanda médico-legal. Y es natural porque no lidiamos en tribunales. No estamos acostumbrados a escuchar en audiencias de control, acusaciones por “crímenes” cometidos ni a que nos pidan medidas cautelares, como la prohibición de salida del país por riesgo de fuga, como si fuéramos delincuentes comunes. Imaginarnos privados de nuestra libertad, así sea por unas horas, es terrible. El miedo nos hace vulnerables y, sobre todo, susceptibles de ser víctimas de coerción. El acoso judicial desgasta en lo personal y en lo profesional. 

Las declaraciones de apoyo institucionales confortan, pero no resuelven el problema. Ubicados dentro del Estado de derecho de nuestro sistema actual, donde la corrupción existe en todas las instancias, lamentablemente hay que defenderse usando los mismos recursos y trampas que la contraparte, sobre todo si nos asiste la razón.

Porque, como dijo Nietzsche, “lo que no me mata me hace más fuerte”…

Alberto Salinas                                                                                                            Escritor y cirujano en libre retiro

 

 


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